martes, 2 de agosto de 2016
Ambrose Bierce - La maldita cosa
I. Uno no siempre se come lo que está en la mesa
A la luz de una vela de sebo, que había sido puesta en el
extremo de una mesa rústica, un hombre estaba leyendo algo escrito en un libro.
Era un viejo libro de cuentas bastante usado, y lo escrito no era al parecer
muy legible, pues el hombre a veces llevaba la página cerca de la llama de la
vela, para tener una luz más fuerte sobre ésta. La sombra del libro lanzaba
entonces a la oscuridad una mitad de la habitación, apagando un número de
rostros y figuras, pues además del lector otros ocho hombres estaban presentes.
Siete de éstos sentados contra las rústicas paredes de troncos, en silencio,
inmóviles y, siendo la habitación pequeña, no muy lejos de la mesa. De extender
un brazo, cualquiera de ellos podría haber tocado al octavo hombre, que yacía
en la mesa boca arriba, cubierto en parte por una sábana, sus brazos a los
costados. Ése estaba muerto.
El hombre con el libro no estaba leyendo en voz alta, y
nadie hablaba; todos parecían estar esperando que algo ocurriera, sólo el
hombre muerto estaba sin expectativa. Desde la oscuridad absoluta del exterior
venían, por una abertura que servía de ventana, todos los ruidos nunca no
familiares de la noche en la espesura: la larga nota innominada de un coyote
distante, el quieto temblor pulsante de los incansables insectos en los
árboles, los extraños gritos de los pájaros de la noche, tan diferentes a los
de los pájaros del día, el zumbido de los grandes escarabajos desatinados, y
todo ese misterioso coro de sonidos menudos que parecen haber estado siempre, y
que son oídos a medias cuando han cesado de súbito, como conscientes de una
indiscreción. Pero nada de todo eso era notado por esa partida; sus miembros no
eran muy adictos al interés ocioso en asuntos de importancia no práctica; eso
era obvio en cada línea de sus rostros ásperos, obvio, incluso, a la tenue luz
de la única vela. Eran, evidentemente, hombres de la vecindad, granjeros y leñadores.
La persona leyendo era un poco diferente; uno hubiera dicho
que era del mundo, mundana, aunque había algo en su atuendo que atestiguaba una
cierta fraternidad con los organismos de su entorno. Su chaqueta apenas habría
pasado como aceptable en San Francisco, su calzado no era de origen urbano, y
el sombrero que yacía a su lado en el suelo (era el único descubierto) era tal
que, si uno lo hubiera considerado como un artículo de mero adorno personal,
habría perdido su sentido. De semblante el hombre era más bien cautivador, con
sólo un rastro de severidad, aunque ésta podía haberla asumido o cultivado,
como era apropiado para uno de autoridad. Pues él era forense. Era en virtud de
su oficio que tenía posesión del libro que estaba leyendo, éste se había hallado
entre los efectos del hombre muerto, en su cabaña, donde la pesquisa tenía
lugar ahora.
Cuando el forense terminó su lectura, se puso el libro en su
bolsillo pectoral. En ese momento la puerta se abrió empujada, y entró un
joven. Éste, claramente, no era de nacimiento ni crianza montañezca: estaba
vestido como los que residían en las ciudades. Su ropa estaba polvorienta sin
embargo, como de un viaje. De hecho, había cabalgado duro para asistir a la
pesquisa.
El forense le asintió con la cabeza, nadie más lo saludó.
-Hemos esperado por usted -dijo el forense-. Es necesario
haber acabado con este negocio esta noche.
El joven sonrió. -Lamento haberlo hecho esperar -dijo-. Yo
me fui no para eludir su citación, sino para enviar a mi periódico un recuento
de lo que, supongo, me llamaron de vuelta para relatar.
El forense sonrió.
-El recuento que usted envió a su periódico -dijo-, difiere,
probablemente, del que usted va a dar aquí bajo juramento.
-Eso -replicó el otro más bien acalorado y con visible
sonrojo-, es como le plazca. Yo usé papel múltiple y tengo una copia de lo que
mandé. No fue escrito como una noticia, pues es increíble, sino como una
ficción. Eso puede ir como una parte de mi testimonio bajo juramento.
-Pero usted dice que es increíble.
-Eso no es nada para usted, señor, si yo juro también que es
verdad.
El forense estuvo en silencio por un tiempo, sus ojos en el
suelo. Los hombres en los costados de la cabaña hablaron en susurro, pero rara
vez apartaron sus miradas del rostro del cadáver. De repente, el forense alzó
los ojos y dijo: -Vamos a reanudar la pesquisa.
Los hombres se quitaron los sombreros. El testigo estaba
jurando.
-¿Cuál es su nombre? -preguntó el forense.
-William Harker.
-¿Edad?
-Veintisiete.
-¿Usted conocía al difunto, Hugh Morgan?
-Sí.
-¿Usted estaba con él cuando murió?
-Cerca de él.
-¿Cómo pasó eso, su presencia, quiero decir?
-Yo lo estaba visitando en este lugar, para cazar y pescar.
Una parte de mi propósito, sin embargo, era estudiarlo a él, y su raro,
solitario modo de vida. Parecía un buen modelo para un carácter de ficción. Yo,
a veces, escribo historias.
-Yo, a veces, las leo.
-Gracias.
-Las historias en general, no las suyas.
Algunos de los jurados se rieron. Contra un fondo sombrío,
el humor muestra luces altas. Los soldados en los intervalos de la batalla se
ríen fácilmente, y una broma en la cámara de la muerte conquista por sorpresa.
-Relate las circunstancias de la muerte de este hombre -dijo
el forense-. Usted puede usar cualquier nota o memorando que le plazca.
El testigo entendió. Tirando de un manuscrito de su bolsillo
pectoral, lo llevó cerca de la vela y, pasando las hojas hasta que encontró el
pasaje que quería, empezó a leer.
II. Lo que puede pasar en un campo de avena silvestre
“…El sol apenas se había levantado cuando dejamos la casa.
Estábamos buscando la codorniz, cada uno con una escopeta, pero sólo teníamos
un perro. Morgan dijo que el mejor terreno estaba más allá de cierta cima que
señaló, y la cruzamos por un sendero a través de un chaparral. En el otro lado
había un terreno en comparación llano, cubierto densamente de avena silvestre.
Cuando salimos del chaparral, Morgan estaba sólo a unas pocas yardas adelante.
Súbitamente oímos, a una pequeña distancia a nuestra derecha y en parte
enfrente, un ruido como de algún animal que se revolcara entre los arbustos,
que pudimos ver se agitaban con violencia.
-Hemos espantado a un ciervo -dije-. Quisiera haber traído
un rifle.
Morgan, que se había detenido y estaba vigilando con
intención el chaparral agitado, no dijo nada, pero había montado los dos
cañones de su escopeta y la llevaba preparado para apuntar. Pensé que estaba un
poco excitado, lo que me sorprendió, pues tenía la reputación de una frialdad
excepcional, incluso en los momentos de peligro súbito e inminente.
-Oh, vamos -dije-. Usted no va a llenar un ciervo de
perdigones de codornices, ¿verdad?
Aún no replicaba, pero al captar una visión de su rostro,
cuando lo volvió levemente hacia mí, me golpeó la intensidad de su mirada.
Entonces entendí que teníamos un negocio serio en las manos, y mi primera
conjetura fue que nos habíamos “saltado” un pardo. Yo avancé hacia el lado de
Morgan, montando mi pieza mientras me movía.
Los arbustos ahora estaban tranquilos y los sonidos habían
cesado, pero Morgan estaba tan atento al lugar como antes.
-¿Qué es? ¿Qué diablos es? -pregunté.
-¡Esa cosa maldita! -replicó, sin volver la cabeza. Su voz
era áspera y no natural. Él temblaba visiblemente.
Yo estaba a punto de hablar más, cuando observé la avena
silvestre, cerca del lugar del disturbio, moviéndose del modo más inexplicable.
Apenas puedo describirlo. Ésta parecía como revuelta por una racha de viento,
que no sólo la doblaba, sino también la presionaba hacia abajo, la aplastaba
así que no se levantaba; y ese movimiento se prolongaba directo hacia nosotros
con lentitud.
Nada de lo que yo jamás vi me había afectado de una forma
tan extraña, como este fenómeno no familiar e incontable, aunque soy incapaz de
acordarme de alguna sensación de miedo. Yo recuerdo -y lo digo aquí porque, es
bastante singular, me acordé entonces- que una vez, mirando con descuido por
una ventana abierta, confundí por un momento un menudo árbol cercano a la mano,
con uno de un grupo de árboles grandes a una pequeña distancia. Éste parecía
del mismo tamaño que los otros, pero estando definido más distinta y agudamente
en la masa y el detalle, parecía no tener armonía con éstos. Era una mera
falsificación de la ley de la perspectiva aérea, pero me alarmó, casi me
aterró. Estamos tan confiados en la operación ordenada de las familiares leyes
naturales, que cualquier suspensión parecida de éstas es anotada como una
amenaza a nuestra seguridad, una advertencia de una calamidad impensable. Así
ahora el aparente, incausado movimiento del herbaje, y el lento, no desviado
aproximarse de la línea del disturbio, eran claramente inquietantes. Mi
compañero parecía realmente espantado, y yo apenas podía dar crédito a mis
sentidos, cuando lo vi lanzarse la escopeta al hombro de súbito, ¡y disparar
los dos cañones al grano agitado! Antes de que el humo de la descarga se
hubiera despejado, oí un fuerte grito salvaje -un aullido como el de un animal
silvestre- y, arrojando su escopeta al terreno, Morgan saltó y corrió del sitio
con ligereza. En el mismo instante yo fui lanzado al terreno con violencia, por
el impacto de algo invisible en el humo, una sustancia blanda, pesada que
parecía lanzarse contra mí con gran fuerza.
Antes de que pudiera ponerme de pie y recobrar mi escopeta,
que parecía haber sido arrancada de mis manos, oí a Morgan gritando como en una
agonía mortal, y mezclados con sus gritos había unos sonidos roncos, salvajes,
como los que uno oye entre perros peleando. Inexpresablemente aterrado, me
esforcé con mis pies y miré en la dirección de la retirada de Morgan, ¡y que el
cielo me libre con misericordia de otra visión como esa! A una distancia de
menos de treinta yardas, estaba mi amigo, tumbado sobre una rodilla, su cabeza
echada atrás en un ángulo de espanto, sin sombrero, su largo cabello en
desorden, y todo su cuerpo en un movimiento violento de un lado a otro, atrás y
adelante. Su brazo derecho estaba alzado y parecía carecer de mano, al menos,
yo no podía ver ninguna. El otro brazo era invisible. A veces, como mi memoria
reporta ahora esa escena extraordinaria, yo podía discernir sólo una parte de
su cuerpo; era como si hubiera sido parcialmente borrado -no lo puedo expresar
de otra forma-, luego un cambio de su posición lo traía todo a la vista de nuevo.
Todo esto debe haber ocurrido en unos pocos segundos, aunque
en ese tiempo Morgan asumió todas las posturas de un decidido luchador, vencido
por un peso y una fuerza superiores. Yo no veía nada más que a él, y a él no
siempre con distinción. Durante todo el incidente sus alaridos y maldiciones se
oían, como a través de un envolvente alboroto de sonidos de rabia y furia, ¡que
yo nunca había oído en la garganta de un hombre o una bestia!
Por un momento solamente estuve parado irresoluto, luego,
lanzando mi escopeta, corrí hacia mi amigo en su auxilio. Yo tenía la vaga
creencia de que estaba sufriendo un ataque, o algún tipo de convulsión. Antes
de que pudiera alcanzar su lugar, estaba tumbado y tranquilo. Todos los sonidos
habían cesado, pero con una sensación de terror, que incluso esos sucesos
horribles no me habían inspirado, vi ahora de nuevo el misterioso movimiento de
la avena silvestre, que se prolongaba desde el área pisoteada, alrededor del
hombre postrado, hacia el borde del bosque. Fue sólo cuando ésta hubo alcanzado
el bosque, que yo fui capaz de apartar mis ojos y mirar a mi compañero. Estaba
muerto."
III. Un hombre, aunque esté desnudo, puede estar en harapos
El forense se levantó de su asiento y se paró junto al
hombre muerto. Alzando un borde de la sábana la tiró atrás, exponiendo el
cuerpo entero, que estaba desnudo por completo y mostraba a la luz de la vela
un amarillo arcilloso. Éste tenía, sin embargo, amplias máculas de un negro
azulado, obviamente causadas por la sangre extravasada de las contusiones. El
pecho y los costados lucían como si hubieran sido golpeados con un garrote.
Había laceraciones horrendas, la piel estaba desgarrada en tiras y jirones.
El forense se movió rondando hacia el extremo de la mesa, y
desató un pañuelo de seda, que había sido pasado por debajo de la barbilla y
anudado encima de la cabeza. Cuando el pañuelo fue retirado, expuso lo que
había sido la garganta. Algunos de los jurados que se habían levantado para
obtener una vista mejor, se arrepintieron de su curiosidad y voltearon los
rostros. El testigo Harker fue a la ventana abierta y se inclinó sobre el
alféizar, débil y enfermo. Soltando el pañuelo sobre el cuello del hombre
muerto, el forense caminó hacia un ángulo de la habitación y, de una pila de
ropa, extrajo una prenda tras otra, cada una de las que levantó un momento para
su inspección. Todas estaban desgarradas, y tiesas de sangre. Los jurados no
hicieron una inspección más cercana. Éstos parecían más bien desinteresados.
Habían, en verdad, visto todo eso antes, la única cosa que era nueva para ellos
era el testimonio de Harker.
-Caballeros -dijo el forense-, no tenemos más evidencia, yo
creo. Su deber ya ha sido explicado a ustedes, si no hay nada que deseen
preguntar, pueden salir afuera y considerar su veredicto.
El presidente se levantó, un hombre alto, barbudo, de
sesenta años, vestido de modo grosero.
-Me gustaría hacer una pregunta, sr. Forense -dijo-. ¿De qué
asilo se escapó este forastero último testigo?
-Sr. Harker -dijo el forense, grave y tranquilo-, ¿de qué
asilo se escapó usted por último?
Harker se sonrojó hasta el púrpura de nuevo, pero no dijo
nada, y los siete jurados se levantaron y salieron en fila de la cabaña de
forma solemne.
-¿Si usted ha acabado de insultarme, señor -dijo Harker, tan
pronto como él y el oficial fueron dejados solos con el hombre muerto-, yo
supongo que estoy en libertad de irme?
-Sí.
Harker empezó a irse pero se detuvo, con la mano en el
cerrojo de la puerta. El hábito de su profesión era fuerte en él, más fuerte
que su sentido de la dignidad personal. Se volteó y dijo:
-El libro que usted tiene ahí, yo lo reconozco como el
diario de Morgan. Usted parece bastante interesado en éste, lo leía mientras yo
estaba testificando. ¿Puedo verlo? Al público le gustaría.
-El libro no va a hacer figura en este asunto -replicó el
oficial, deslizándolo en el bolsillo de su abrigo-, todas las entradas se
hicieron antes de la muerte del escritor.
Cuando Harker salió de la casa, los jurados entraron de
nuevo y se pararon alrededor de la mesa, en la que el cadáver cubierto ahora se
mostraba bajo la sábana con una definición aguzada. El presidente se sentó
cerca de la vela, extrajo de su bolsillo pectoral un lápiz y un trozo de papel,
y escribió de modo más bien laborioso el siguiente veredicto, que todos
firmaron con diversos grados de esfuerzo:
“Nosotros, el jurado, encontramos que los restos hallaron la
muerte a manos de un león de montaña, pero algunos de nosotros piensan, de
igual forma, que ellos tenían ataques.”
IV. Una explicación desde la tumba
En el diario del finado Hugh Morgan hay ciertas entradas
interesantes que, posiblemente, tienen un valor científico como sugerencias. En
la pesquisa de su cuerpo el libro no fue puesto en evidencia, posiblemente el
forense pensó que no valía la pena confundir al jurado. La fecha de la primera
de las entradas mencionadas no se puede averiguar; la parte superior de la hoja
está arrancada; la parte de la entrada restante es la siguiente:
“… corría en un semicírculo, manteniendo la cabeza volteada
siempre hacia el centro, y de nuevo se quedaba quieto, ladrando furiosamente.
Por último corrió hacia los arbustos tan rápido como podía ir. Al principio
pensé que se había vuelto loco, pero al retornar a la casa no encontré ninguna
otra alteración en sus maneras, de la que era obvia, debido al miedo al
castigo."
“¿Puede un perro ver con la nariz? ¿Los olores impresionan
algún centro cerebral, con las imágenes de la cosa que los emite?.."
“2 de sep. Mirando las estrellas la noche pasada, mientras
éstas se levantaban por encima de la cresta de la cima, al este de la casa, yo
las observé desaparecer sucesivamente, de izquierda a derecha. Cada una se
eclipsaba sólo un instante, y sólo unas pocas al mismo tiempo, pero a lo largo
de toda la longitud de la cima, todas las que estaban a un grado o dos de la
cresta, fueron borradas. Era como si algo hubiera pasado a lo largo entre éstas
y yo, pero yo no podía verlo, y las estrellas no eran lo suficiente gruesas
como para definir sus contornos. ¡Uf! No me gusta esto…"
Varias semanas las entradas están perdidas, tres hojas
fueron arrancadas del libro.
“27 de sep. Ha estado por aquí de nuevo, yo encuentro
evidencias de su presencia todos los días. Vigilé de nuevo toda la noche pasada
en la misma cobertura, escopeta en mano, cargada doble con perdigones. Por la
mañana las huellas frescas estaban allí, como antes. Aunque habría jurado que
no dormí, en efecto, apenas duermo del todo. ¡Es terrible, insoportable! Si
estas experiencias asombrosas son reales, me voy a volver loco, si son
imaginarias, yo estoy loco ya.”
“3 de oct. Yo no me iré, eso no me va a echar. No, esta es
mi casa, mi tierra. Dios odia al cobarde…"
“5 de oct. Yo no puedo soportarlo más, he invitado a Harker
a pasarse unas semanas conmigo, él tiene una cabeza equilibrada. Puedo juzgar
por sus maneras si él piensa que yo estoy loco."
“7 de oct. Yo tengo la solución del misterio, me vino la
noche pasada, súbitamente, como por revelación. ¡Qué simple, qué terriblemente
simple!"
“Hay sonidos que no podemos oír. En cada extremo de la
escala hay notas que no mueven una cuerda en ese instrumento imperfecto, el
oído humano. Éstos son demasiado altos o demasiado graves. Yo he observado una
bandada de mirlos ocupando la copa de un árbol entera -las copas de varios
árboles- y todos en una canción total. Súbitamente, en un momento, al mismo
instante en absoluto, todos saltaron al aire y se fueron volando. ¿Cómo? Ellos
no se pueden ver unos a otros del todo, todas las copas de los árboles
intervienen. En ningún punto podría un líder haber sido visible a todos. Debe
haber habido una señal de advertencia o comando, alta y chillona por encima del
barullo, pero no oída por mí. Yo he observado, también, el mismo vuelo
simultáneo cuando todos estaban en silencio, no sólo de los mirlos, sino
también de otros pájaros; las codornices, por ejemplo, ampliamente separadas
por los arbustos, incluso en los lados opuestos de una colina."
“Es sabido de los marinos que un cardumen de ballenas, que
se calientan al sol o juguetean en la superficie del océano, millas aparte, con
la convexidad de la tierra entre ellas, a veces se sumergen al mismo instante,
todas se pierden de vista en un momento. La señal ha sonado, demasiado grave
para el oído del marinero en el mástil y sus camaradas en la cubierta, que no
obstante sienten sus vibraciones en el barco, como las piedras de una catedral
son removidas por el bajo del órgano."
“Como con los sonidos, así con los colores. En cada extremo
del espectro solar, el químico puede detectar la presencia de lo que es
conocido como rayos ‘actínicos’. Éstos representan los colores -los colores
integrales de la composición de la luz- que somos incapaces de discernir. El
ojo humano es un instrumento imperfecto, su rango es sólo de unas pocas octavas
en la ‘escala cromática’ real. Yo no estoy loco, hay colores que no podemos
ver."
“¡Y Dios me ayude, la cosa maldita es de ese color!”
viernes, 17 de junio de 2016
Ernest Hemingway - Colinas como elefantes blancos
Del otro lado del valle del Ebro,
las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la
estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la
pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas
de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las
moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una
mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de
Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este
entronque y luego seguía hacia Madrid.
-¿Qué tomamos? -preguntó la
muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.
-Hace calor -dijo el hombre.
-Tomemos cerveza.
-Dos cervezas -dijo el hombre
hacia la cortina.
-¿Grandes? -preguntó una mujer
desde el umbral.
-Sí. Dos grandes.
La mujer trajo dos tarros de
cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los
tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de
colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.
-Parecen elefantes blancos -dijo.
-Nunca he visto uno -el hombre
bebió su cerveza.
-No, claro que no.
-Nada de claro -dijo el hombre-.
Bien podría haberlo visto.
La muchacha miró la cortina de
cuentas.
-Tiene algo pintado -dijo-. ¿Qué
dice?
-Anís del Toro. Es una bebida.
-¿Podríamos probarla?
-Oiga -llamó el hombre a través
de la cortina.
La mujer salió del bar.
-Cuatro reales.
-Queremos dos de Anís del Toro.
-¿Con agua?
-¿Lo quieres con agua?
-No sé -dijo la muchacha-. ¿Sabe
bien con agua?
-No sabe mal.
-¿Los quieren con agua? -preguntó
la mujer.
-Sí, con agua.
-Sabe a orozuz -dijo la muchacha
y dejó el vaso.
-Así pasa con todo.
-Sí -dijo la muchacha-. Todo sabe
a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el
ajenjo.
-Oh, basta ya.
-Tú empezaste -dijo la muchacha-.
Yo me divertía. Pasaba un buen rato.
-Bien, tratemos de pasar un buen
rato.
-De acuerdo. Yo trataba. Dije que
las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?
-Fue ocurrente.
-Quise probar esta bebida. Eso es
todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?
-Supongo.
La muchacha contempló las
colinas.
-Son preciosas colinas -dijo-. En
realidad no parecen elefantes blancos. Sólo me refería al color de su piel
entre los árboles.
-¿Tomamos otro trago?
-De acuerdo.
El viento cálido empujaba contra
la mesa la cortina de cuentas.
-La cerveza está buena y fresca
-dijo el hombre.
-Es preciosa -dijo la muchacha.
-En realidad se trata de una
operación muy sencilla, Jig -dijo el hombre-. En realidad no es una operación.
La muchacha miró el piso donde
descansaban las patas de la mesa.
-Yo sé que no te va a afectar,
Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.
La muchacha no dijo nada.
-Yo iré contigo y estaré contigo
todo el tiempo. Sólo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.
-¿Y qué haremos después?
-Estaremos bien después. Igual
que como estábamos.
-¿Qué te hace pensarlo?
-Eso es lo único que nos molesta.
Es lo único que nos hace infelices.
La muchacha miró la cortina de
cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas.
-Y piensas que estaremos bien y
seremos felices.
-Lo sé. No debes tener miedo.
Conozco mucha gente que lo ha hecho.
-Yo también -dijo la muchacha-. Y
después todos fueron tan felices.
-Bueno -dijo el hombre-, si no
quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es
perfectamente sencillo.
-¿Y tú de veras quieres?
-Pienso que es lo mejor. Pero no
quiero que lo hagas si en realidad no quieres.
-Y si lo hago, ¿serás feliz y las
cosas serán como eran y me querrás?
-Te quiero. Tú sabes que te
quiero.
-Sí, pero si lo hago, ¿volverá a
parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?
-Me encantará. Me encanta, pero
en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me
preocupo.
-Si lo hago, ¿nunca volverás a
preocuparte?
-No me preocupará que lo hagas,
porque es perfectamente sencillo.
-Entonces lo haré. Porque yo no
me importo.
-¿Qué quieres decir?
-Yo no me importo.
-Bueno, pues a mí sí me importas.
-Ah, sí. Pero yo no me importo. Y
lo haré y luego todo será magnífico.
-No quiero que lo hagas si te
sientes así.
La muchacha se puso en pie y
caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de
grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del
río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha
vio el río entre los árboles.
-Y podríamos tener todo esto
-dijo-. Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible.
-¿Qué dijiste?
-Dije que podríamos tenerlo todo.
-Podemos tenerlo todo.
-No, no podemos.
-Podemos tener todo el mundo.
-No, no podemos.
-Podemos ir adondequiera.
-No, no podemos. Ya no es
nuestro.
-Es nuestro.
-No, ya no. Y una vez que te lo
quitan, nunca lo recobras.
-Pero no nos los han quitado.
-Ya veremos tarde o temprano.
-Vuelve a la sombra -dijo él-. No
debes sentirte así.
-No me siento de ningún modo
-dijo la muchacha-. Nada más sé cosas.
-No quiero que hagas nada que no
quieras hacer…
-Ni que no sea por mi bien -dijo
ella-. Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?
-Bueno. Pero tienes que darte
cuenta…
-Me doy cuenta -dijo la
muchacha.- ¿No podríamos callarnos un poco?
Se sentaron a la mesa y la
muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella
y miró la mesa.
-Tienes que darte cuenta -dijo-
que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a
dar el paso si algo significa para ti.
-¿No significa nada para ti?
Hallaríamos manera.
-Claro que significa. Pero no
quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es
perfectamente sencillo.
-Sí, sabes que es perfectamente
sencillo.
-Está bien que digas eso, pero en
verdad lo sé.
-¿Querrías hacer algo por mi?
-Yo haría cualquier cosa por ti.
-¿Querrías por favor por favor
por favor por favor callarte la boca?
Él no dijo nada y miró las
maletas arrimadas a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los
hoteles donde habían pasado la noche.
-Pero no quiero que lo hagas
-dijo-, no me importa en absoluto.
-Voy a gritar -dijo la muchacha.
La mujer salió de la cortina con
dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro.
-El tren llega en cinco minutos
-dijo.
-¿Qué dijo? -preguntó la
muchacha.
-Que el tren llega en cinco
minutos.
La muchacha dirigió a la mujer
una vívida sonrisa de agradecimiento.
-Iré llevando las maletas al otro
lado de la estación -dijo el hombre. Ella le sonrió.
-De acuerdo. Ven luego a que
terminemos la cerveza.
Él recogió las dos pesadas maletas
y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia
pero no vio el tren. De regresó cruzó por el bar, donde la gente en espera del
tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos
esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La
muchacha estaba sentada y le sonrió.
-¿Te sientes mejor? -preguntó él.
-Me siento muy bien -dijo ella-.
No me pasa nada. Me siento muy bien.
sábado, 11 de junio de 2016
Pio Baroja - Médium
Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no
estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he
profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.
Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al
menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no
comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora
cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.
La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi
espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se
agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.
Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión;
podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues
bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os
lo contaré:
Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más
horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román
Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.
Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí,
seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.
A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y
andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y
desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo
inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.
La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de
las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió
un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez
en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una
casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas
de enredaderas de campanillas blancas y moradas.
Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las
enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes
tiestos de pitas.
Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los
tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio.
Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos
llamaba.
Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande
y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo.
La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.
La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría
nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi
familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de
una manera tan rara, tan rara...
-Hay que estudiar -dijo, a modo de conclusión, la madre.
Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda
la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.
Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un
día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas;
y me miraron y sentí frío al verlas.
Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba
tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba
enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que
odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le
cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara,
tan rara...
Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de
dolor.
-¿Qué tienes? -le pregunté.
Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como
un anillo.
Luego, en voz baja, murmuró:
-Ha sido mi hermana.
-¡Ah! Ella...
-No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los
dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a
otro sin tocarlo.
Días después me contó, temblando de terror, que a las doce
de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la
escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.
Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos
apostábamos junto a la puerta..., llamaban..., abríamos..., nadie. Dejábamos la
puerta entreabierta, para poder abrir en seguida... ; llamaban..., nadie.
Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla
sonó, sonó..., y los dos nos miramos estremecidos de terror.
-Es mi hermana, mi hermana -dijo Román.
Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas
partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias
inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»
Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en
las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.
Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una
hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y
llevábamos la máquina en nuestras expediciones.
Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los
tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y
yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y
sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En
seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la
cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.
Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos
en la prensa, al sol, para sacar las positivas.
Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea.
Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una
palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de
facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra,
pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído.
Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados.
Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.
Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa
tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el
recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un
espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.
¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos
no duermen, y yo duermo... ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no
duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.
domingo, 22 de mayo de 2016
Abraham Valdelomar - Hebaristo, el sauce que murió de amor
Inclinado al borde de la parcela colindante con el estéril
yermo, rodeado de "yerbas santas" y llantenes viendo correr entre sus
raíces que vibraban en la corriente, el agua fría y turbia de la acequia, aquel
árbol corpulento y lozano aún, debía llamarse Hebaristo y tener treinta años.
Debía llamarse Hebaristo y tener treinta años, porque había el mismo aspecto
cansino y pesimista, la misma catadura enfadosa y acre del joven farmacéutico
de "El amigo del pueblo", establecimiento de drogas que se hallaba en
la esquina de la Plaza de Armas, junto al Consejo Provincial, en los bajos de
la casa donde, en tiempos de la independencia, pernoctara el coronel
Marmanillo, lugarteniente del Gran Mariscal de Ayacucho, cuando presionado por
los realistas, se dirigiera a dar aquella singular batalla de la Maracona.
Marmanillo era el héroe de la aldea de P. porque en ella
había nacido, y, aunque en sus puertas se realizara una poco afortunada
escaramuza, en la cual caballo y caballero salieron disparados al empuje de un
puñado de chapetones, eso, a juicio de las gentes patriotas de P. no quitaba
nada a su valor y merecimientos, pues era sabido que la tal escaramuza se
perdió porque el Capitán Crisóstomo Ramírez, dueño hasta el año 23 de un lagar
y hecho capitán de patriotas por Marmanillo, no acudió con oportunidad al lugar
del suceso.
Los de P. guardaban por el coronel de milicias recuerdo
venerado. La peluquería llamábase "Salón Marmanillo"; la encomendería
de la calle Derecha, que después se llamó "28 de Julio" tenía en letras
rojas y gordas, sobre el extenso y monótono muro azul, el rótulo Al descanso de
Marmanillo y por fin en la sociedad Confederada de Socorros Mutuos, había un
retrato al óleo, sobre el estrado de la directiva en el cual aparecía el héroe
con su color de olla de barro, sus galones dorados y una mano en la cintura,
fieles traductores de su gallardía miliciana.
Digo que el sauce era joven, de unos treinta años y se
llamaba Hebaristo, porque como el farmacéutico tenía el aire taciturno y
enlutado, y como él, aunque durante el día parecía alegrarse con la luz del
sol, en llegando la tarde y sonando la oración caía sobre ambos una tan
manifiesta melancolía y un tan hondo dolor silencioso, que eran de partir el
alma. Al toque de ánimas Hebaristo y su homónimo el farmacéutico, corrían el
mismo albur. Suspendía éste su charla en la botica, caía pesadamente sobre su
cabeza semicalva el sombrero negro de paño, y sobre el sauce de la parcela
posaba el de todos los días gallinazo negro y roncador.
Luego la noche envolvía a ambos en el mismo misterio, y, tan
impenetrable era entonces la vida del boticario cuanto ignorada era la suerte
de Hebaristo, el sauce...IIEvaristo Mazuelos, el farmacéutico de P. y
Hebaristo, el sauce fúnebre de la parcela eran dos vidas paralelas; dos cuerdas
de una misma arpa; dos ojos de una misma misteriosa y teórica cabeza, dos
brazos de una misma desolada cruz; dos estrellas insignificantes de una misma
constelación.
Mazuelos era huérfano y guardaba al igual que el sauce, un
vago recuerdo de sus padres. Como el sauce era árbol que sólo servía para
cobijar a los campesinos a la hora cálida del medio día, Mazuelos sólo servía
en la aldea para escuchar la charla de quienes solían cobijarse en la botica; y
así como el sauce daba una sombra indiferente a los gañanes mientras sus raíces
rojas jugueteaban en el agua de la acequia, así él oía con desganada
abnegación, la charla de los otros, mientras jugaba, el espíritu fijo en una
idea lejana, con la cadena de su reloj, o hacía con su dedo índice gancho a la
oreja de su botín de plástico, cruzadas, unas sobre otras, las enjutas magras
piernas.Habíase enamorado Mazuelos de la hija del Juez de Primera Instancia,
una chiquilla de alegre catadura, esmirriada y raquítica, de ojos vivaces y
labios anémicos, nariz respingada y cabellos de achiote, vestida de pintitas
blancas sobre una muselina azul de Prusia, que pasó un mes y días en P. y allí
los hubiera pasados todos si su padre el doctor Carrizales no hubiera caído mal
al secretario de la subprefectura, un De La Haza, que era, a un tiempo,
redactor de “La Voz Regionalista” singular decano de la prensa de P.El doctor
Carrizales, magüer su amistad con el jefe de la región hubo de salir de P. y
dejar la judicatura a raíz de un artículo editorial de “La Voz Regionalista”,
titulado “¿Hasta Cuándo?”, muy brillante y tendencioso, en el cual se
recordaban entre otras cosas desagradables, ciertos asuntos sentimentales
relacionados con el nombre, apellido y costumbres de su esposa, por esos días
ya finada, desgraciadamente.La hija del juez había sido el único amor del
farmacéutico cuyos treinta años se deslizaron esperando y presintiendo a la
bienamada. Blanca Luz fue para Mazuelos la realización de un largo sueño de
veinte años y la ilustración tangible y en carne de unos versos en los cuales
había concretado Evaristo, toda su estética.
Los versos de Mazuelos eran, como se verá, el presentido
retrato de la hija del doctor Carrizales, y empezaban de esta manera:Como una
brisa para el caminante ha de serla dulce dama a quien mi amor entregue;quiera
el fúnebre Destino que pronto lleguea mis tristes brazos, que la están
esperando, la dulce mujer...Bien cierto es que Mazuelos desvirtuaba un poco la
técnica en su poesía; que hablando de sus brazos en el tercer pie les llama "tristes"
cosa que no es aceptable dentro de un concepto estricto de la poética; y que la
frase “que la están esperando” está íntegramente demás en el último verso; pero
ha de considerarse que sin este aditamento, la composición carecería de la idea
fundamental que es la idea de espera y, que el pobre Evaristo, había pasado
veinte años de su vida en este ripio sentimental: esperando.Blanca Luz era
pues, al par, un anhelo de farmacéutico y la realización de un viejo sueño
poético. Era el ideal hecho carne, el verso hecho verdad, el sueño transformado
en vigilia, la ilusión que, súbitamente, se presentaba a Evaristo, con unos
ojos vivaces, una nariz respingada, una cabellera de achiote; en suma: Blanca
Luz era, para el farmacéutico de “El amigo del pueblo”, el amor vestido con una
falda de muselina azul con pintitas blancas y unas pantorrillas, con medias
mercerizadas, aceptables desde todo punto de vista...IIIHebaristo, el
melancólico sauce de la parcela, no fue, como son la mayoría de los sauces,
hijo de una necesidad agrícola; nó. El sauce solitario fue hijo del azar, del
capricho, de la sinrazón. Era el fruto arbitrario del Destino. Si aquel sauce
en vez de ser plantado en las afueras de P..., hubiera sido sembrado como era
lógico, en los grandes saucedales de las pequeñas pertenencias, su vida no
resultara tan solitaria y trágica.
Aquel sauce, como el farmacéutico de “El amigo del pueblo”,
sentía desde muchos años atrás, la necesidad de un afecto, el dulce beso de una
hembra, la acaricia perfumada de una unión indispensable. Cada caricia del
viento, cada ave que venia a posarse en sus ramas florecidas hacían vibrar todo
el espíritu y el cuerpo del sauce de la parcela.Hebaristo que tenía sus ramas
en un florecimiento núbil, sabía que en alas de la brisa o en el pico de los
colibríes, o en las alas de los chucracos debía venir el polen de su amor, pero
los sauces que el destino le deparaba debían estar muy lejos, porque pasó la
primavera y el beso del dorado polen no llegó hasta sus ramas
florecidas.Hebaristo el sauce de la parcela, comenzó a secarse, del mismo modo
que el joven y achacoso farmacéutico de “El amigo del pueblo”. Bajo el cielo de
P…, donde antes latía la esperanza, cernió sus alas fúnebres y estériles la
desilusión.IVEnvejeció Evaristo, el enamorado boticario sin tener noticia de
Blanca Luz. Envejeció Hebaristo, el sauce de la parcela, viendo secarse,
estériles, sus flores en cada primavera. Solía, por instinto, Mazuelos, hacer
una excursión crepuscular hasta el remoto sitio donde el sauce, al borde del
arroyo, enflaquecía. Sentábase bajo las ramas estériles del sauce, y allí veía
caer la noche. El árbol amigo que quizás comprendía la tragedia de esa vida
paralela, dejaba caer sus hojas sobre el cansino y encorvado cuerpo del
farmacéutico.
Un día el sauce, familiarizado con la muda compañía doliente
de Mazuelos, esperó y esperó en vano. Mazuelos no vino. Aquella misma noche un
hombre, el carpintero de P… llegó con tremenda hacha he hizo temblar de
presentimiento al sauce triste, enamorado y joven. El del hacha cortó el
hermoso tronco de Evaristo, ya seco, y despojándolo de las ramas lo llevó al
lomo de su burro hacia la aldea, mientras el agua del arroyo lloraba, lloraba,
lloraba: y el tronco rígido, sobre el lomo del asno se perdía en los baches, y
lodazales de la Calle Derecha, para detenerse en la "Carpintería y
confección de ataúdes de Rueda e hijos"...Por la misma calle volvían ya
juntos, Mazuelos y Hebaristo. El tronco del sauce sirvió para el cajón del
farmacéutico. “La Voz Regionalista”, cuyo editorial “¿Hasta Cuándo?”, fuera la
causa de esta muerte prematura, lloraba ahora la desaparición del “amigo noble
y caballeroso empleado cumplidor y ciudadano integérrimo”, cuyo recuerdo no
moriría entre los que tuvieron la fortuna de tratarlo y sobre cuya tumba, (el
joven de la Haza) ponía las siempre vivas, etc.
El alcalde municipal señor Unzueta, que era a un tiempo el
propietario de “El amigo del pueblo”, tomó la palabra en el cementerio y su
discurso, que se publicó más tarde en “La Voz Regionalista”, empezaba: “Aunque
no tengo las dotes oratorias de otros, agradezco el honroso encargo que la
Sociedad de Socorros Mutuos ha depositado en mí, para dar el último adiós al
amigo noble y caballeroso, al empleado cumplidor y al ciudadano integérrimo,
que en este ataúd de duro roble”… y concluía: “¡Mazuelos! Tú no has muerto. Tu
memoria vive entre nosotros. Descansa en paz”.
Al día siguiente el dueño de la “Carpintería y confección de
ataúdes de Rueda e hijos” llevaba al señor Unzueta una factura:“El señor
N.Unzueta a Rueda e hijos… Debe... Por un ataúd de roble… soles 18.70”-Pero si
no era de roble- arguyó Unzuetaa. Era de sauce...-Es cierto -repuso la firma
comercial “Rueda e hijos”- es cierto pero entonces ponga usted sauce en su
discurso… y borre el duro roble...-Sería una lástima –dijo Unzueta pagandoo-
sería una lástima; habría que quitar toda la frase: “al ciudadano integérrimo
que en este ataúd de duro roble”… Y eso ha quedado muy bien, lo digo sin
modestia: ¿No es verdad Rueda?-Cierto, señor alcalde –respondió la voz
comercial “Rueda e hijos”.
miércoles, 11 de mayo de 2016
Max Beerbohm - Enoch Soames.
Cuando el señor Holbrook Jackson dio al mundo un libro sobre
la literatura del 90, busqué ansiosamente en el índice el nombre de SOAMES,
ENOCH. Temía que no estuviese. Y no estaba. Sin embargo, figuraban todos los
demás. Muchos escritores a quienes yo olvidara por completo o sólo recordaba
vagamente, resucitaron ante mí, con sus obras, en las páginas del señor
Holbrook Jackson. El libro era tan minucioso como brillante.
De ahí que la omisión descubierta por mí fuese la evidencia
más cabal de que el pobre Soames no había dejado huella alguna en la literatura
de su década.
Creo que soy la única persona que lo notó... ¡tan lamentable
había sido el fracaso de Soames! Y es inútil alegar que, si hubiera conquistado
algún mediano éxito, quizá se habría esfumado de mi memoria, como los demás,
para retornar tan sólo al llamado del historiador. Es cierto que si las dotes
que poseía le hubieran sido reconocidas en vida, jamás habría celebrado el pacto
que yo le vi celebrar... ese extraño pacto cuyos resultados le otorgaron para
siempre un lugar en el primer plano de mis recuerdos. No obstante, es de esos
mismos resultados de donde se desprende en toda su claridad cuánto hubo en él
de lamentable.
No es la compasión, sin embargo, lo que me impulsa a
escribir sobre él. Si por él fuera, pobre diablo, me sentiría inclinado a no
mojar la pluma en el tintero. No está bien burlarse de los muertos. Pero, ¿cómo
escribir acerca de Enoch Soames sin ridiculizarlo? O más bien, ¿cómo disimular
la atroz realidad de que era ridículo? Imposible. Pero tarde o temprano deberé
escribir sobre él. Ya se verá, a su debido tiempo, que no me queda otra
alternativa. Por consiguiente, será mejor
que lo haga ahora.
Durante los cursos del verano de 1893 un prodigio del cielo
cayó sobre Oxford. Caló hondo, se incrustó profundamente en el suelo.
Profesores y alumnos formaron pálidos corros que no hablaban de otra cosa. ¿De
dónde venía aquel meteoro? De París.
¿Cómo se llamaba? Will Rothenstein. ¿Qué se proponía? Pintar una serie
de veinticuatro retratos en litografía, que publicaría The Bodley Head de
Londres. El asunto era urgente. Ya el Decano de A y el Director de B y el Real
Catedrático de C habían “posado” humildemente. Ancianos solemnes y malhumorados
que jamás consintieran en dejarse retratar por nadie, no podían resistirse a
aquel extranjero menudo y dinámico. Él no suplicaba: invitaba; no invitaba:
ordenaba. Tenía veintiún años. Usaba lentes que centelleaban increíblemente. Era
un hombre de ingenio. Desbordante de ideas. Conocía a Whistler. Conocía a Edmond de Goncourt. Conocía a todo
el mundo en París. Los conocía a todos de memoria. Era París en Oxford. Se
murmuraba que apenas despachara su selección de profesores, incluiría a unos
pocos alumnos de los últimos cursos. Y me sentí pleno de orgullo el día en que
yo fui incluido. La simpatía que me inspiraba Rothenstein no era menor que el
miedo que me infundía; sin embargo, nació entre nosotros una amistad que a
medida que transcurrieron los años se hizo cada vez más cálida y más valiosa
para mí.
Al término del curso, Rothenstein se estableció o más bien
irrumpió meteóricamente en Londres. Gracias a él conocí por primera vez ese
pequeño mundo de perdurable encanto que es Chelsea, y trabé relación con Walter
Sickert y otros venerables próceres que residían allí. Fue Rothenstein quien me
llevó a ver, en la calle Cambridge, de Pimlico, a un joven cuyos dibujos eran
ya famosos entre la minoría: Aubrey Beardsley. En compañía de Rothenstein hice
mi primera visita a The Bodley Head. Por él me introduje en otro reino de la
inteligencia y la audacia, el salón de dominó del Café Royal. Ahí, aquella tarde de octubre, en una
exuberante perspectiva de dorados y de terciopelos carmesíes intercalados entre
simétricos espejos y erguidas cariátides, entre el humo del tabaco que se
elevaba incesante hacia el pintado cielo raso pagano y el murmullo de
conversaciones presumiblemente cínicas, que de tanto en tanto interrumpía el
áspero tableteo de las fichas de dominó sobre las mesas de mármol, aspiré hondo
y dije para mis adentros:
—Esto, sin duda, es la vida.
Era antes de la cena. Bebimos vermut. Los que conocían
personalmente a Rothenstein lo señalaban a quienes sólo lo conocían de nombre.
Sin interrupción entraban por las puertas giratorias hombres que ambulaban
lentamente en busca de mesas vacías u ocupadas por amigos. Uno de estos
errabundos me interesó, porque yo estaba seguro de que pretendía llamar la
atención de Rothenstein. Había pasado
dos veces ante nuestra mesa, con expresión vacilante; pero Rothenstein, sumido
en lo más denso de una disquisición sobre Puvis de Chavannes, no lo vio. Era un
individuo encorvado, de paso inseguro, más bien alto, muy pálido, con largos
cabellos parduscos. Tenía una barba rala, o más bien una barbilla que se batía
en retirada al abrigo de unos cuantos pelos arracimados y tímidamente rizados.
Era un sujeto de extraña catadura; pero en el noventa, las apariciones raras
eran más frecuentes, creo, que en la actualidad. Los jóvenes escritores de
aquella época —y yo estaba seguro de que éste lo era— trataban de
singularizarse por su aspecto. Mas los esfuerzos de este hombre habían sido
infructuosos. Usaba un sombrero negro, blando, de corte clerical, pero de
intención bohemia, y una capa impermeable de color gris que, acaso porque era
impermeable, no llegaba a ser romántica. Arribé a la conclusión de que
“borroso” era le mot juste para él. Yo había hecho mis primeras armas en la
literatura y buscaba siempre fervorosamente le mot juste, ese Santo Grial de la
época.
El hombre borroso se acercaba nuevamente a nuestra mesa, y
esta vez resolvió detenerse.
—Usted no me recuerda —dijo con voz inexpresiva. Rothenstein lo miró vivamente.
—Sí, lo recuerdo —repuso al cabo de un momento, con menos
efusión que orgullo: orgullo de su memoria—. Edwin Soames.
—Enoch Soames —dijo Enoch.
—Enoch Soames —repitió Rothenstein, dando a entender por el
tono de su voz que ya era bastante haber acertado con el apellido—. Nos
encontramos dos o tres veces en París, cuando vivía usted allí. En el Café Groche.
—Y una vez yo fui a su estudio.
—Oh, sí; lamenté haber estado ausente.
—¿Ausente? No. Me mostró algunos de sus cuadros, ¿recuerda?
... Tengo entendido que ahora reside en Chelsea.
—Sí.
Me extrañó que después de este monosílabo el señor Soames no
siguiera de largo. Se quedó, pacientemente, como un animal obtuso, como un asno
que mira por encima de una cerca. Triste figura la suya. Se me ocurrió que
hambriento era quizá le mot juste para él. Pero, ¿hambriento de qué? No parecía
apetecer gran cosa. Le tuve lástima. Y Rothenstein, aunque no lo invitara a
Chelsea, le pidió que se sentara y bebiera algo. Una vez sentado, pareció más
seguro de sí mismo. Echó atrás las alas de la capa con un gesto que —si la capa
no hubiera sido impermeable— podía interpretarse como un desafío lanzado al
mundo en general. Y pidió un ajenjo.
—Je me bens toujours fidéle —le dijo a Rothenstein— à la
sorcière glauque.
—Le hará mal —respondió secamente Rothenstein.
—Nada me hace mal —dijo Soames—. Dans ce monde il n’y a ni
de bien ni de mal.
—¿Nada es bueno y nada es malo? ¿Qué quiere decir?
—Lo expliqué todo en el prefacio de Negaciones.
—¿Negaciones?
—Sí. Le di un ejemplar.
—Oh, sí, por supuesto. ¿Pero explicó usted, por ejemplo, que
no hay diferencia entre buena y mala gramática?
—No —dijo Soames—. Naturalmente, en el arte existen el bien
y el mal. Pero en la Vida... no. Liaba
un cigarrillo. Tenía manos débiles y blancas, no del todo limpias, con las
puntas de los dedos manchadas por la nicotina.
—En la Vida existe la ilusión del bien y del mal, pero...
Su voz decreció a un murmullo en que las palabras vieux jeu
y rococo fueron apenas perceptibles. Si no me equivoco, pensaba que no se
estaba haciendo justicia a sí mismo, y temía que Rothenstein señalara las
falacias de su argumentación. Lo cierto es que al fin carraspeó y dijo:
—Parlons d’autre chose.
¿Creen ustedes que era un tonto? A mí no me pareció. Yo era
joven y me faltaba la claridad de juicio que ya poseía Rothenstein. Soames era
cinco o seis años mayor que cualquiera de nosotros. Además, había escrito un
libro.
Haber escrito un libro era algo portentoso.
Si Rothenstein no hubiera estado presente, yo habría
reverenciado a Soames. Aun así, me infundía respeto. Y estuve a punto de
reverenciarlo, en verdad, cuando dijo que pronto publicaría otro libro. Le
pregunté si podía saberse qué clase de obra era.
—Mis poemas —respondió.
Rothenstein le preguntó si ése sería el título del libro. El
poeta meditó la sugerencia, pero al fin dijo que pensaba no ponerle título
alguno.
—Si un libro vale por sí mismo... —murmuró, moviendo el
cigarrillo en semicírculo. Rothenstein
objetó que la falta de título podría perjudicar la venta.
—Si yo entro en una librería —explicó— y digo sencillamente:
“¿Tienen ustedes?”, o bien: “¿Tienen un ejemplar de?” ¿cómo sabrán lo que
quiero?
—Oh, desde luego, haré poner mi nombre en la tapa —replicó
Soames seriamente—. Y me gusta ría —añadió mirando con fijeza a Rothenstein—,
me gustaría hacer dibujar mi retrato para la portada.
Rothenstein admitió que era una excelente idea, y agregó que
pensaba viajar al campo, donde pasaría una temporada. Después miró su reloj,
comprobó, con una exclamación, lo avanzado de la hora, pagó la adición y se
marchó conmigo para cenar. Soames permaneció en su puesto, fiel a la hechicera
glauca.
—¿Por qué se negó tan resueltamente a dibujar su retrato?
—¿Retratarlo? ¿A él? ¿Cómo puedo retratar a un hombre que no
existe?
—Es borroso —admití, pero mi mot juste cayó en el vacío.
Rothenstein repitió que Soames era inexistente.
Sin embargo, Soames era autor de un libro. Le pregunté a
Rothenstein si había leído Negaciones.
Admitió haberlo hojeado.
—Pero —añadió secamente—, yo no pretendo entender nada de
literatura.
Reserva muy característica de la época. Los pintores de
entonces se negaban a admitir que alguien, fuera de su propia cofradía, tuviese
el derecho de opinar sobre la pintura. Esta ley (grabada en las tablillas que
trajo Whistler de la cumbre del Fujiyama) imponía ciertas limitaciones. Si
otras artes distintas de la pintura no eran completamente incomprensibles para
quienes no las practicaban, la ley se venía abajo; la doctrina Monroe, por
decirlo así, perdía su validez.
De ahí que ningún pintor arriesgara una opinión sobre un
libro sin advertir, por lo menos, que su opinión carecía de valor. Nadie es
mejor juez literario que Rothenstein; pero en aquella época habría sido
imprudente recordárselo; y yo comprendí que no podía esperar su ayuda para
formarme un juicio sobre Negaciones.
En aquellos días, no comprar un libro a cuyo autor acababa
de conocer personalmente, habría sido para mí un imposible renunciamiento.
Cuando regresé a Oxford para los cursos de Navidad, me había procurado un
ejemplar de Negaciones. Solía dejarlo despreocupadamente sobre la mesa de mi
cuarto, y cada vez que alguno de mis amigos lo levantaba para preguntarme de
qué trataba, le respondía:
—Oh, es un libro bastante notable. Lo ha escrito un hombre a
quien conozco. Pero nunca alcancé a explicar
exactamente “de qué trataba”. Aquel delgado volumen verde no tenía, para mí, ni
pies ni cabeza. En el prefacio no hallé clave alguna para interpretar el exiguo
laberinto del texto, y en ese laberinto, nada que explicara el prefacio.
“Inclínate hacia la vida. Inclínate, muy cerca... más cerca.
“La vida es tela, y en ella ni trama ni urdimbre se
encuentran, sino solamente la tela. “Es
por esto que soy Católico en la iglesia y en el pensamiento, pero dejo que el
veloz Capricho teja lo que la lanzadera del Capricho quiere.” Éstas eran las
frases iniciales del prefacio, pero las que seguían eran aún más difíciles de
entender. A continuación venía “Stark”, un cuento sobre una midinette que,
según alcancé a entender, había asesinado o estaba por asesinar a un
maniquí. Parecía un cuento de Catulle
Mendès en que el traductor hubiera salteado o eliminado una frase de cada dos.
Luego, un diálogo entre Pan y Santa Úrsula, que en mi opinión carecía de
“chispa”. Después, algunos aforismos (titulados aforismata).
En conjunto, a decir verdad, había una gran variedad de
formas. Y esas formas habían sido trabajadas con mucho cuidado. Era más bien el
contenido lo que se me escapaba. ¿Había, en realidad, me pregunté, algún
contenido? Ahora sí pensé: ¡Supón que Enoch Soames sea un necio! Pero enseguida
nació una hipótesis contraria: ¡tal vez lo fuese yo! Opté por darle a Soames el
beneficio de la duda. Yo había leído L’Après-midi d’un faune sin extraerle una
pizca de significado. Y sin embargo Mallarmé —por supuesto— era un Maestro.
¿Cómo sabía yo que Soames no era otro? Su prosa tenía cierta musicalidad, que
sin duda no alcanzaba a deslumbrar, pero que tal vez, pensé, tuviera la
facultad de persistir en la memoria y, acaso, un significado tan profundo como
la del mismo Mallarmé. Por lo tanto, me resolví a esperar sus poemas con ánimo
libre de prejuicios. Y después de
encontrármelo por segunda vez, los aguardé con verdadera impaciencia. Esto
sucedió una tarde de enero. Al entrar en el salón de dominó, pasé junto a una
mesa ante la cual estaba sentado un hombre pálido, con un libro abierto. Alzó
la vista, y yo lo miré por encima del hombro, con la vaga sensación de que
debía haberlo reconocido. Me volví para saludarlo. Después de cambiar unas
palabras, dije echando un vistazo al libro abierto:
—Veo que lo he interrumpido.
Y estaba por seguir mi camino, pero Soames respondió con su
voz inexpresiva:
—Prefiero ser interrumpido.
Me indicó con un gesto que me sentara, y yo obedecí.
Le pregunté si a menudo leía en ese lugar. –
Sí. Esta clase de cosas las leo aquí —respondió, señalando
el título del libro: Poemas de Shelley.
—¿Es algo que usted realmente...? —Iba a decir ¿”admira”?
Pero cautelosamente dejé la frase inconclusa y enseguida me alegré, porque él
dijo con inusitado énfasis:
—Es algo de segunda categoría.
Yo había leído poco de Shelley, pero murmuré:
—Desde luego; es muy desigual.
—Yo diría que lo malo es justamente su igualdad. Una
igualdad mortal, Por eso lo leo aquí. El ruido de este lugar quiebra el ritmo.
Aquí es tolerable. Soames alzó el libro
y lo Hojeó. Se echó a reír. La risa de
Soames era un sonido breve, aislado y desprovisto de alegría que brotaba de la
garganta sin que su rostro se moviera o sus ojos se iluminarán.
—¡Qué época! —exclamó, dejando el libro sobre la mesa—. ¡Y
qué país! —añadió.
Le pregunté, con cierta nerviosidad, si en su opinión Keats
no había superado, más o menos, las limitaciones del tiempo y el espacio.
Admitió que “había algunos pasajes en Keats”, pero no los mencionó. De “los
viejos”, como los llamaba, el único que le gustaba era Milton. “Milton —dijo—
no era sentimental.” Y además: “Milton tenía una oscura visión interior”. Y por
fin:
—Siempre puedo leer a Milton en la sala de lectura.
—¿La sala de lectura?
—Del Museo Británico. Voy todos los días. —¿De veras? Yo
sólo estuve una vez. Me pareció un lugar más bien deprimente. Se me ocurrió
que... que le resta vitalidad a uno.
—Así es. Por eso voy yo. Cuanto menor es la propia
vitalidad, tanto más sensitivo se vuelve uno al arte verdaderamente grande. Yo
vivo cerca del Museo. Alquilo un departamento en la calle Dyott.
—¿Y va a la sala de lectura para leer a Milton?
—Casi siempre a Milton. —Me miró—. Fue Milton —certificó—
quien me convirtió al Diabolismo.
—¿Al Diabolismo? ¿Sí? ¿Realmente? —dije con esa vaga
incomodidad y ese intenso deseo de ser cortés que experimenta uno cuando un
hombre le habla de su propia religión—. ¿Usted... adora al Demonio?
Soames meneó la cabeza.
—No se trata de adoración —calificó, sorbiendo su ajenjo—,
sino más bien de confianza mutua.
—Ah, sí... Pero yo creí entender por el prefacio de
Negaciones que usted era... católico.
—Je t’étais á cette époque. Quizá lo sea aún. Sí, soy un
Diabolista Católico.
Hizo esta profesión de fe con tono casi precipitado. Advertí
que lo que prevalecía en su espíritu era el hecho de que yo había leído
Negaciones. Sus ojos opacos habían brillado por primera vez. Tuve la impresión
de que iba a ser examinado, viva voce, sobre el tema en que me sentía más
flojo. Le pregunté apresuradamente cuándo se publicarían sus poemas.
—La semana próxima —me dijo.
—¿Y sin título?
—No, por fin encontré uno. Pero no se lo diré —añadió, como
si yo hubiera tenido la impertinencia de preguntárselo—. Aún no sé si me
satisface del todo. Pero es el mejor que
he podido encontrar. En cierto modo, sugiere la naturaleza de los poemas...
Extrañas vegetaciones, naturales y salvajes, y sin embargo exquisitas y multicolores
y llenas de ponzoña.
Le pregunté qué pensaba de Baudelaire. Lanzó aquel bufido
que era su risa, y dijo que “Baudelaire era un bourgeois malgré lui”. Francia
sólo tenía un poeta: Villon, “y dos tercios de Villon eran simple periodismo”.
Verlaine era un “épicier m algré lui”. Con cierta sorpresa comprobé que, en
conjunto, apreciaba menos la literatura francesa que la inglesa. Había “algunos
pasajes” en Villiers de l’Isle Adam.
—Pero yo —resumió— no le debo nada a Francia.
Ya verá —predijo con un movimiento afirmativo de la cabeza.
Pero, llegado el momento, no vi tal cosa. Pensé que el autor
de Fungoides debía bastante —inconscientemente, desde luego— a los jóvenes
decadentes de París, o a los jóvenes ingleses que a su vez debían algo a
aquéllos. Aún pienso lo mismo. El librito —que compré en Oxford— está ante mí
en este momento, mientras escribo. Su cubierta de bocací gris pálido y sus
letras de plata no han sobrellevado muy bien el paso del tiempo. Su contenido
tampoco.
Lo he examinado nuevamente, con melancólico interés. No es
gran cosa. Cuando se publicó, abrigué la vaga sospecha de que lo fuera. Supongo
que es mi fe en ella la que se ha debilitado, y no la obra del pobre Soames...
TO A YOUNG WOMAN
Thou art, who hast not been!
Pale tunes irresolute
And traceries of old sounds
Blown from a rotted flute
Mingle with noise of cymbals rouged with rust
Nor not strange forms and epicene
Lie bleeding in the dust,
Being wounded with wounds.
For this it is
That in thy counterpart
Of age-long mockeries
Thou hast not been nor art! (1)
Me pareció que había cierta contradicción entre la primera y
la última línea. Intenté, con el ceño fruncido, resolver esta discordancia.
Pero no consideré mi fracaso como totalmente incompatible con un significado en
la mente de Soames. ¿No indicaría, más bien, la profundidad del significado? En
cuanto a la técnica, “enrojecidos por la herrumbre” me parecía un hallazgo, y
las palabras “nor not” en lugar de “and” eran extrañamente felices. Me pregunté
quién era la joven, y qué había sacado en limpio de todo eso. Me asalta la
triste sospecha de que Soames no habría sido capaz de encontrarle más sentido
que ella. Sin embargo, aún ahora, si no trata uno de comprender el poema, y se
conforma con atender al sonido, advierte cierta gracia en el ritmo. ¡Soames era
un artista... en la medida en que existía, pobre diablo! Cuando leí Fungoides por primera vez, me
pareció, extrañamente, que su veta diabolista era lo mejor de Soames. El
Diabolismo parecía una influencia alegre y aun saludable dentro de su vida.
NOCTURNE
Round and round the shutter’d Square
I stroll’d with the Devil’s arm in mine.
No sound but the scrape of his hoofs was there
And the ring of his laughter and mine.
We had drunk black wine.
I scream’d: “I will race you, Master!”
“What matter”, lie shriek’d, “tonight
Which of us runs the faster?
There is nothing to fear tonight
In the foul moon’s light!
Then I look’d him in the eyes,
And I laugh’d full shrill at the lie he told
And the gnawing fear he would fain disguise.
It was true, what I’d time and again been told:
He was old - old. (2)
Aquella primera estrofa, pensé, tenía mucho ímpetu: un
acento retozón y jovial de camaradería. La segunda, quizá, era algo histérica.
Pero la tercera me gustaba: ¡era tan vivamente heterodoxa, aun con respecto a
los dogmas de la extraña secta de Soames!
¡Nada de “confianza mutua” en esas líneas! Soames, triunfante,
desenmascarando al Demonio como a un mentiroso, y riéndose “a gritos”, era un
personaje muy alentador. Eso fué lo que pensé entonces. Ahora, a la luz de lo que
sucedió más tarde, ninguno de sus poemas me deprime tanto como el “Nocturno”.
Busqué los comentarios de los periódicos metropolitanos. Se
dividían en dos clases: los que decían muy poco, y los que no decían nada. La
segunda era mucho más numerosa, y los términos en que se expresaba la primera
eran fríos. A tal punto que el mejor elogio que pudo presentar el editor de
Soames en sus anuncios publicitarios era éste:
Un acento de modernismo desde el principio hasta el fin...
Un ritmo ágil. –Preston Telegraph.
Yo abrigaba la esperanza de poder felicitar al poeta (cuando
lo viese) por haber conmovido el ambiente, pues se me ocurría que no estaba tan
seguro de su grandeza intrínseca como aparentaba. Pero cuando en efecto nos encontramos, sólo
atiné a decir con voz ronca: “Espero que Fungoides se venda muy bien”. Me miró
a través de su vaso de ajenjo y me preguntó si había comprado un ejemplar.
Según su editor, sólo se habían vendido tres. Me reí, como si fuese una broma.
—¿No creerá que me importa, verdad? —dijo con algo parecido
a un gruñido.
Desestimé la idea. Añadió que no era un comerciante. Dije
humildemente que yo tampoco, y murmuré que un artista que daba al mundo cosas
realmente nuevas y grandes, siempre debía esperar mucho tiempo a que se le
tributara el debido reconocimiento. Contestó que ese reconocimiento no le
importaba un sou. Y yo admití que el acto de la creación era su propia
recompensa. Si yo me hubiera considerado
un Don Nadie, su mal humor me habría alejado. Pero, ¡ah! ¿Acaso John Lane y
Aubrey Beardsley no me habían sugerido que escribiera un ensayo para esa grande
y nueva empresa que estaba en marcha The Yellow Book? ¿Y acaso Henry Harland, como jefe de
redacción, no había aceptado mi ensayo? ¿Y no aparecía en el mismísimo primer
número? En Oxford yo estaba todavía in statu pupillari. Pero en Londres me
consideraba con todo derecho un egresado, a quien ningún Soames podía
abochornar. En parte con fines de ostentación, y en parte por pura buena
voluntad, le dije a Soames que debía colaborar en el Yellow Book. De su
garganta brotó un sonido despreciativo destinado a esa publicación.
Uno o dos días más tarde, sin embargo, le pregunté a
Harland, para sondear el terreno, si sabía algo de la obra de un tal Enoch
Soames. Harland se detuvo en mitad de su característico paseo alrededor de la
habitación, alzó las manos al techo y gimió que a menudo había visto a “ese
absurdo individuo” en París, y que esa misma mañana había recibido de él
algunos poemas manuscritos.
—¿No tiene talento? —pregunté.
—Tiene una renta. No necesita nada.
Harland era el más jovial de los hombres y el más generoso
de los críticos, pero detestaba hablar de algo que no lo entusiasmara. Por
consiguiente, abandoné el tema. La noticia de que Soames poseía una renta
mitigó mi preocupación. Más tarde supe que era hijo de un fracasado y fallecido
librero de Preston, que había heredado de una tía casada una renta anual de
trescientas libras, y que no le quedaban parientes en este mundo.
Materialmente, pues, “no necesitaba nada”. Pero aun así, había en él un
“pathos” espiritual, agudizado ahora a mis ojos por la posibilidad de que aun
el Preston Telegraph no le hubiese dedicado sus elogios si el padre de Soames
no hubiera sido un vecino dé Preston. Tenía una especie de débil obstinación que
yo no podía menos de admirar. Ni él ni su obra recibían el menor estímulo; pero
él insistía en comportarse como un personaje, mantenía siempre al tope su
deshilachada banderita. En cualquier lugar donde se congregaran los jeunes
féroces de las artes, en cualquier restaurante de Soho que acabaran de
descubrir, en cualquier music-hall que prefiriesen, ahí estaba Soames entre
ellos, o más bien al borde: una figura borrosa pero inevitable. Nunca trataba
de captarse la simpatía de sus colegas escritores, jamás deponía un ápice de su
arrogancia, cuando se trataba de su propia obra, o de su desprecio, cuando se
trataba de los demás. Con los pintores se mostraba respetuoso, y aun humilde;
mas para los poetas y prosistas de The Yellow Book, y más tarde del Savoy, jamás
tuvo una palabra que no fuera de desdén. Su presencia no molestaba a los demás.
A nadie se le habría ocurrido que él o su Diabolismo Católico tuvieran alguna
importancia. Cuando en el otoño de 1896 publicó (esta vez por cuenta propia) su
tercer libro, su último libro, nadie pronunció una palabra de elogio o de
censura. Yo tuve intención de comprarlo, pero me olvidé. No lo vi nunca, y me
avergüenza decir que ni siquiera recuerdo cómo se titulaba. Sin embargo, cuando
se publicó el libro, le dije a Rothenstein que el pobre viejo Soames me parecía
en realidad una figura bastante trágica, y que la falta de resonancia de su
obra acabaría realmente por matarlo.
Rothenstein se burló. Dijo que yo alardeaba de un buen
corazón que en verdad no poseía; y quizá era así. Pero unas semanas más tarde,
en la exposición privada del Nuevo Club Inglés de Arte, vi un retrato al pastel
de “Enoch Soames, Esq.” Se le parecía mucho, y el haberlo ejecutado era
característico de Rothenstein. Soames estuvo parado toda la tarde cerca del
cuadro, con su sombrero hongo y su capa impermeable. Cualquiera de sus
conocidos habría captado en el acto la semejanza del retrato. Pero quien no lo
conociera, nunca hubiese identificado el modelo a partir de la imagen; ésta
“existía” mucho más que él; era inevitable. Además, no tenía esa expresión de
vaga felicidad que ahora se advertía, sí, en el rostro de Soames. El hábito de
la fama lo había rozado. En el transcurso de aquel mes fui dos veces más al
Club de Arte, y en ambas oportunidades vi a Soames exhibiéndose en persona.
Pensándolo bien, creo que la clausura de aquella exposición fue virtualmente el
fin de su carrera. Había sentido en la mejilla el aliento de la fama... pero
tan tarde y por tan poco tiempo... y al no sentirlo más, cedió, sucumbió, se
derrumbó. Él, que nunca había parecido fuerte o saludable, ahora tenía un
aspecto espectral, era una sombra de la sombra que antaño había sido. Aún
frecuentaba la sala de dominó; pero, habiendo perdido el deseo de provocar
curiosidad, ya no leía libros en ella.
—¿Ahora sólo lee en el Museo? —le pregunté, aparentando
jovialidad. Me contestó que ya no iba
allí.
—No hay ajenjo en el Museo.
Era una de esas cosas que antaño habría dicho para llamar la
atención; ahora la decía convencido. El ajenjo, que antes no fuera más que un
factor de la “personalidad” que tan laboriosamente trataba de construirse, se
había convertido en solaz y necesidad. Ya no lo llamaba “la sorcière glauque”.
Había renunciado a todas las expresiones en francés. Se había convertido en un hombre de Preston,
sencillo y sin barniz.
El fracaso, aun cuando sea un fracaso total, sencillo y sin
barniz, aun cuando sea un fracaso mezquino, lleva siempre consigo cierta
dignidad. Yo rehuía a Soames porque a su lado me sentía vulgar.
Por aquella época John Lane había publicado dos libritos
míos, que tuvieron un agradable éxito de crítica. Yo era una “personalidad”...
una personalidad menor, pero bien definida. Frank Harris me había contratado
para que “pataleara” en el Saturday Review, Alfred Harmsworth me permitía hacer
lo mismo en The Daily Mail. Yo era justamente lo que no era Soames. Él
proyectaba una sombra de vergüenza sobre mi triunfo. Si yo hubiera sabido que
él creía firme y verdaderamente en la grandeza de lo que realizara como
artista, quizá no habría evitado su presencia. No se puede decir que ha
fracasado por completo un hombre que no ha perdido su vanidad. La dignidad de Soames
era una ilusión mía. Un día de la primera semana de junio de 1897 esa ilusión
desapareció. Pero en la noche de ese día también desapareció Soames.
Yo había estado afuera la mayor parte de la mañana, y como
se me hizo tarde para almorzar en casa, fui al “Vingtième”. Este pequeño local
—cuyo nombre completo era “Restaurant du Vingtième Siècle”— había sido
descubierto por los escritores y poetas en 1896, pero más tarde fue abandonado,
o poco menos, en beneficio de algún hallazgo posterior.
Creo que no subsistió lo bastante para justificar su nombre;
mas por ese entonces estaba aún en Greek Street, a pocos pasos de Soho Square,
y casi enfrente de esa casa donde en los primeros años del siglo una chiquilla,
y junto con ella un muchacho llamado De Quincey, pernoctaban hambrientos en la
oscuridad, entre el polvo y las ratas y viejos pergaminos legales. El “Vingtième” no era más que un saloncito
blanqueado, que por un extremo daba a la calle y por otro a la cocina. El propietario
y cocinero era un francés, a quien llamábamos Monsieur Vingtième; las camareras
eran sus dos hijas, Rose y Berthe; y la comida, en verdad, era buena. Las mesas
eran tan angostas y estaban tan juntas que cabían en número de doce, seis de
cada pared.
Cuando entré, sólo las dos más próximas a la puerta estaban
ocupadas. Una, por un hombre alto, llamativo, más bien mefistofélico, a quien
yo solía ver de tanto en tanto en el salón de dominó y en otros lugares. En la
otra estaba Soames. En aquel soleado recinto, formaban un extraño contraste:
Soames, demacrado, con aquel sombrero y aquella capa que jamás le viera
quitarse, y este otro, este hombre intensamente vital, ante cuya presencia
volvía a preguntarme, con más insistencia que nunca, si era un mercader de
diamantes, un ilusionista o el jefe de una agencia de detectives privados.
Estoy seguro de que Soames no deseaba mi compañía; sin embargo, le pregunté si
podía acompañarlo —no hacerlo habría sido una desconsideración atroz— y me
senté frente a él. Fumaba un cigarrillo.
Había dejado el plato sin probar y tenía a su lado una botella semivacía de
Sauterne. Callaba con cierta
obstinación. Dije que Londres estaba imposible, con los preparativos del
jubileo (a decir verdad, me gustaban). Manifesté mi deseo de marcharme
inmediatamente, hasta que todo aquello terminara. En vano traté de ponerme a
tono con su melancolía. Él no parecía oírme ni verme. Pensé que su
comportamiento me ridiculizaba a los ojos del otro parroquiano. El pasillo
entre las dos hileras de mesas del “Vingtième” tenía apenas dos pies de ancho
(Rose y Berthe, al servir, se rozaban siempre, riñendo en voz baja), y
cualquiera que estuviera sentado a la mesa contigua compartía prácticamente la
que uno ocupaba.
Pensé que mi fracasada tentativa de interesar a Soames
divertía a mi vecino, y como no podía explicarle que mi insistencia era
simplemente un acto de caridad, guardé silencio. Podía verlo perfectamente sin
necesidad de volver la cabeza. Abrigué la esperanza de que mi aspecto fuese
menos vulgar que el suyo, en contraste con el de Soames. Yo estaba seguro de
que no era inglés; pero, ¿cuál era realmente su nacionalidad? Aunque tenía el
cabello (negro como el azabache) cortado en brosse, no me pareció francés. A
Berthe, que lo atendía, le hablaba en francés con soltura, pero sin el acento y
los coloquialismos nativos. Supuse que era su primera visita al “Vingtième”,
pero Berthe lo atendía sin formalidades. Él no le había causado buena
impresión. Sus ojos eran atrayentes,
pero —como las mesas del “Vingtième” demasiado angostos y juntos. Tenía una
nariz de ave de rapiña, y las guías del bigote, que se prolongaban a ambos
lados de las fosas nasales, le estereotipaban la sonrisa. Decididamente, era
siniestro. Y el chaleco escarlata —tan fuera de temporada en el mes de junio—,
que le ceñía ajustadamente el pecho amplio, intensificaba la sensación de
incomodidad que me producía su presencia. Ese chaleco no sólo era inadecuado
por el calor. Era, no sé por qué, inadecuado en sí mismo. No se habría
justificado en una mañana de Navidad.
Habría sido una nota discordante la noche del estreno de
Hernani. Yo estaba tratando de explicarme lo que había en él de incongruente,
cuando Soames, repentino y extraño, quebró el silencio.
—¡Dentro de cien años...! —murmuró, como si estuviera en
trance.
—No estaremos aquí —repuse, pronta y fatuamente.
—Nosotros no estaremos. No —zumbó—, pero el Museo estará en
el mismo lugar donde ahora está. Y la sala de lectura, en el mismo lugar de
ahora. Y la gente irá a leer.
Aspiró bruscamente el humo, y un espasmo de auténtico dolor
le deformó el rostro. Me pregunté qué
encadenamiento de ideas había estado siguiendo el pobre Soames. Pero él no
aclaró mis dudas cuando dijo, después de una larga pausa:
—Usted cree que no me ha importado. —¿Que no le ha importado
qué, Soames? —El olvido. El fracaso.
—¿El fracaso? —dije calurosamente—. ¿El fracaso? —repetí
vagamente—. El olvido, sí, quizá; pero eso es algo completamente distinto.
Desde luego, usted no ha sido... apreciado. Pero, ¿qué importa? Cualquier artista que... que da... Lo que yo
quería decir era esto: “Cualquier artista que da al mundo cosas nuevas y
grandes, siempre debe esperar mucho tiempo a que se le tribute el debido
reconocimiento”; pero el halago se negaba a salir: a la vista de aquella
congoja, una congoja tan genuina y desembozada, mis labios no querían
pronunciar las palabras.
Y entonces... fue él quien las dijo por mí. Me sonrojé.
—¿Eso es lo que usted iba a decir, verdad? — preguntó.
—¿Cómo lo sabe?
—Es lo que me dijo hace tres años, cuando se publicó Fungoides.
Me sonrojé aún más Innecesariamente, porque él prosiguió:
—Es lo único importante que le he oído decir. Y nunca lo he
olvidado. Es cierto. Es una terrible verdad.
Pero... ¿recuerda lo que yo le contesté? Le dije: “El reconocimiento no
me importa un sou”. Y usted me creyó. Usted ha seguido creyendo que estoy por
encima de todo eso. Usted es superficial. ¿Qué puede saber de los sentimientos
de un hombre como yo?
Usted imagina que cuando un gran artista tiene fe en sí
mismo y en el veredicto de la posteridad, eso basta para hacerlo feliz... Usted
nunca ha adivinado la amargura y la soledad, el... —su voz se quebró; pero
luego prosiguió con una fuerza que yo nunca le viera—: ¡La posteridad! ¿De qué
me sirve a mí? Un muerto no sabe que la gente visita su tumba, que acuden al
lugar donde nació, que le ponen placas conmemorativas, que descubren estatuas
suyas. Un muerto no puede leer los libros que se escriben sobre él. ¡Así que
pasen cien años! ¡Piense en eso! Si yo pudiera volver a la vida entonces... unas
pocas horas, si yo pudiese ir a la sala de lectura y leer! ¡O mejor aún, si
ahora, en este momento, pudiera proyectarme a ese futuro, a esa sala de
lectura, nada más que por esta tarde! ¡A cambio de eso me vendería en cuerpo y
alma al Demonio! Piense: páginas y más páginas del catálogo:
“SOAMES, ENOCH”, interminablemente... interminables
ediciones, comentarios, prolegómenos, biografías...
—Al llegar aquí lo interrumpió un brusco y penetrante
crujido de la silla colocada ante la mesa contigua. Nuestro vecino Se había
levantado a medias de su asiento. Se inclinaba hacia nosotros, tratando de
disculpar su intromisión.
—Perdonen ustedes... permítanme —dijo suavemente—. Me ha
sido imposible no oír. ¿Puedo tomarme esta libertad? En este pequeño restaurant
sans-façon —extendió las manos en amplio gesto—, ¿puedo, como suele decirse,
meter las narices? No me quedó más
remedio que manifestar nuestra conformidad. Berthe había aparecido en la puerta
de la cocina, creyendo que el desconocido quería la cuenta. Pero él la alejó
con un movimiento del cigarro, y un instante después se había sentado junto a
mí, frente a frente de Soames.
—Aunque no soy inglés —explicó—, conozco a Londres muy bien,
señor Soames. Su nombre y su fama (y también los del señor Beerbohm) me son muy
conocidos. Ustedes Se preguntarán: ¿quién soy yo? —Miró rápidamente por encima
del hombro, y añadió en voz baja—: Soy el Diablo.
No pude evitarlo: me reí. Traté de no hacerlo; sabía que no
había motivo de risa, pues mi propia descortesía me avergonzaba, pero me reí
cada vez más fuerte. La serena dignidad del Diablo, la sorpresa y el fastidio
de sus cejas enarcadas sólo aumentaron mi hilaridad. Me reí hasta
desternillarme, y al final me apoyé, dolorido, en el respaldo de la silla. Me
comporté deplorablemente.
—Soy un caballero —dijo él con intenso énfasis— y creía
estar en presencia de caballeros.
—¡Oh! —murmuré, ya sin aliento—. ¡Oh, por favor!
—¿Curioso, nicht war? —oí que le decía a Soames—. Hay cierta
clase de personas para quienes la sola mención de mi nombre es... ¡oh, tan
terriblemente graciosa! En vuestros teatros, al más torpe comediante le basta
decir: “¡El Diablo!” para provocar enseguida “la risa altisonante que delata a
los espíritus vacíos”. ¿No es así? Yo
había recobrado el aliento, lo suficiente para ofrecer mis excusas. Él las
aceptó, pero fríamente, y volvió a dirigirse a Soames.
—Soy un hombre de negocios —dijo—, y siempre me ha gustado
ir derecho al grano, como dicen en los Estados Unidos. Usted es un poeta. Les
affaires... usted los detesta. Pero
conmigo negociará, ¿verdad? Lo que acaba
de decir me infunde furiosas esperanzas.
Soames no se había movido, salvo para encender un nuevo
cigarrillo. Estaba agazapado, con los codos sobre la mesa y la cabeza al ras de
las manos, mirando fijamente al Demonio.
—Siga —dijo moviendo afirmativamente la cabeza.
A mí ya no me quedaban ganas de reír.
—Nuestro pequeño pacto —prosiguió el Diablo— será tanto más
agradable cuanto que usted... si no me equivoco, es un diabolista.
—Un diabolista católico —dijo Soames.
El Demonio aceptó de buena gana esta reserva.
—Usted —prosiguió— quiere visitar ahora, esta tarde, la sala
ele lectura del museo Británico, ¿verdad?
Pero tal como será dentro de cien años, ¿eh? Parfaitement. El tiempo... una ilusión. El
pasado y el futuro... están siempre tan presentes como el presente, o al menos,
por decirlo así, a la vuelta de la esquina. Yo lo sintonizo con cualquier
época. Yo lo proyecto... ¡puf! ¿Usted quiere hallarse en la sala de lectura,
tal como será en la tarde del 3 de junio de 1997? ¿Quiere encontrarse, de pie,
en esa sala, más allá de las puertas giratorias, en este mismo instante, eh? ¿Y
quedarse ahí hasta que cierren? ¿No es así?
Soames asintió.
El Diablo miró su reloj.
—Las dos y diez —dijo—. La hora de clausura, en ese
entonces, será la misma de ahora: las siete.
Tendrá usted casi cinco horas. A las siete —¡puf! se encontrará
nuevamente aquí, sentado ante esta mesa.
Esta noche ceno dans le monde —dans le high life. Con eso termina mi presente visita a vuestra
gran ciudad. Vendré a buscarlo aquí, señor Soames, en el camino de regreso a mi
hogar.
—¿Su hogar? —repetí.
—¡Aunque no sea tan humilde! —dijo despreocupadamente el
Demonio.
—Está bien —dijo Soames.
—¡Soames! —supliqué. Pero a mi amigo no se le movió un
músculo.
El Diablo estiraba la mano a través de la mesa para tocar el
antebrazo de Soames; pero interrumpió el ademán.
—Dentro de cien años, como ahora —dijo sonriendo—, no se
permite fumar en la sala de lectura, Por lo tanto será mejor que...
Soames se quitó el cigarrillo de la boca y lo dejó caer en
su vaso de Sauterne.
—¡Soames! —exclamé de nuevo—. Usted no puede...
Pero el Diablo ya había estirado la mano a través de la
mesa, y la dejó caer lentamente... sobre el mantel. La silla de Soames estaba
vacía. Su cigarrillo flotaba, hinchado, en el vino de la copa. No quedaban más
rastros de él.
Durante algunos instantes el Diablo dejó descansar la mano
en el sitio donde la había apoyado, mirándome con el rabillo del ojo,
vulgarmente triunfal. Me asaltó un
escalofrío. Me dominé con esfuerzo y me levanté de la silla.
—Muy ingenioso —dije, condescendiente—. Pero, ¿no cree usted
que La Máquina del Tiempo es un libro delicioso? ¡Tan original!
—Usted se complace en el sarcasmo —dijo el Diablo, que
también se había puesto de pie—, pero una cosa es escribir acerca de una
máquina imposible, y otra muy distinta ser una Potencia Sobre natural.
Sin embargo, comprendí que se sentía ofendido. Berthe se
acercó al oír que nos levantábamos. Le expliqué que habían llamado al señor
Soames, pero que tanto él como yo cenaríamos allí por la noche. Recién cuando
salí al aire libre empecé a sentirme mareado. Sólo tengo un vaguísimo recuerdo
de lo que hice, de los lugares por donde ambulé bajo el sol ardiente de aquella
tarde interminable. Recuerdo el sonido de los martillos de los carpinteros, a
lo largo de Piccadilly, y el aspecto desnudo y caótico de los “stands” a medio
construir. ¿Fue en Green Park o en
Kensington Gardens, dónde fue que me senté en una silla debajo de un árbol y
traté de leer un periódico vespertino? El artículo de fondo traía una frase que
siguió repitiéndose en mi fatigado cerebro: “Son pocas las cosas que escapan a
esta augusta Señora, llena de la sabiduría atesorada en sesenta años de
Reinado”. Recuerdo haber concebido, en mi desesperación, una carta (que debía
ser llevada a Windsor por mensajero expreso, con orden de esperar la
respuesta). SEÑORA: Sabiendo
perfectamente que Su Majestad está llena de sabiduría atesorada en sesenta años
de Reinado, me atrevo a solicitar su consejo en este delicado asunto. El señor
Enoch Soames, cuyos poemas quizá usted conozca...
¿No había manera alguna de ayudarlo, de salvarlo? Un pacto
era un pacto, y yo habría sido el último en ayudar o respaldar a alguien que
tratara de rehuir una obligación razonable. No habría movido un dedo para
salvar a Fausto. ¡Pero el pobre Soames!, condenado a pagar sin tregua un precio
eterno por nada más que una infructuosa búsqueda y una amarga desilusión...
Me parecía extraño y siniestro que él, Soames, en carne y
hueso, con su capa impermeable, estuviera en aquel momento viviendo en la última
década del siguiente siglo, escudriñando libros que aún no se habían escrito,
viendo y siendo visto por hombres que aún no habían nacido. Y aún más siniestro
y singular que esta noche y para siempre estaría en el infierno. Sí, sin duda
la verdad es más extraña que la ficción.
Aquella tarde fue interminable. Casi deseé haber acompañado
a Soames; no para permanecer en la sala de lectura, desde luego, sino para
salir a dar un excitante paseo por un Londres desconocido. Me alejé, inquieto,
del parque donde había descansado.
Inútilmente traté de imaginar que yo era un ardiente turista
del siglo dieciocho. La tensión de los minutos lentos y vacíos era intolerable.
Mucho antes de las siete regresé al “Vingtième”.
Me senté a la misma mesa que había ocupado en el almuerzo.
El aire entraba con indiferencia por la puerta abierta a mi espalda. De tanto
en tanto, Rose y Berthe aparecían por un instante. Les había dicho que no
pediría la cena hasta que no llegara el señor Soames. Empezó a sonar un
organillo, ahogando abruptamente el vocerío de unos franceses que disputaban en
la calle. Cada vez que terminaba una canción, se oía nuevamente la algarabía de
la pelea. En el camino yo había comprado
otro periódico vespertino. Lo abrí. Pero mis ojos se apartaban incesantemente
de él, para consultar el reloj de pared colocado sobre la puerta de la
cocina... ¡Faltaban cinco minutos para
la hora! Recordé que en los restaurantes los relojes están cinco minutos
adelantados. Concentré mi mirada en el periódico. Juré no volver a levantar los ojos. Alcé el
periódico y lo desplegué en todo su ancho, pegándolo a mi rostro, para no ver
otra cosa... ¿Temblaba acaso la hoja? Una corriente de aire, me dije.
Una gradual rigidez se apoderaba de mis brazos. Me dolían.
Pero no podía bajarlos... ahora. Me asaltó una sospecha, me asaltó una certeza.
Y bien, ¿entonces qué?... ¿Para qué otra cosa había venido? Sin embargo, seguí aferrándome enérgicamente
a esa barrera del periódico. Sólo el ruido de los ágiles pasos de Berthe, que
venía de la cocina, me permitió, me obligó a dejarlo caer y murmurar:
—¿Qué cenaremos, Soames?
—II est souffrant, ce pauvre Monsieur Soames? —preguntó
Berthe.
—Sólo está... cansado.
Le pedí que trajera vino —Borgoña— y cualquier comida que
estuviese lista. Soames estaba agazapado sobre la mesa, exactamente en la misma
posición en que lo viera por última vez. Como si no se hubiese movido... él,
que había viajado tan inconcebiblemente lejos. Una o dos veces, en el
transcurso de la tarde, se me había ocurrido, por un instante, que tal vez su
viaje no sería infructuoso, que acaso todos nos habíamos equivocado al juzgar
la obra de Enoch Soames. Pero de su aspecto se desprendía con atroz claridad
que estábamos atrozmente en lo cierto.
—No se desanime —balbucí—. Quizá usted no... no eligió un plazo suficiente. Tal vez dentro
de dos o tres siglos...
—Sí —respondió su voz—. He pensado en eso.
—Y ahora... ¡ocupémonos ahora del futuro más inmediato!
¿Dónde piensa ocultarse? ¿Qué le parece si toma el expreso de París, en Charing
Cross? Tiene casi una hora. Pero no vaya a París. Quédese en Calais. Radíquese
en Calais. Jamás se le ocurrirá ir a buscarlo a Calais.
—Es mi destino —dijo— pasar mis últimas horas en la tierra
en compañía de un asno. —Pero yo no me sentí ofendido—. Y un asno traidor
—añadió extrañamente, lanzando hacia mí un arrugado trozo de papel que tenía en
la mano. Eché un vistazo a lo que traía escrito... una especie de jerigonza, al
parecer, y lo aparté con impaciencia.
—¡Vamos, Soames! ¡Serénese! Esto no es sólo un asunto de
vida o muerte. ¡Recuerde, se trata de un eterno tormento! ¿Se quedará aquí,
resignadamente, hasta que el Diablo venga a buscarlo?
—No puedo hacer otra cosa. No me queda otra alternativa.
—¡Vamos! ¡La “confianza mutua” llevada al colmo! ¡Su
diabolismo ha perdido el seso! —Llené su vaso de vino—. Seguramente, ahora que
usted ha visto a esa bestia. . .
—Es inútil injuriarlo.
—Pero usted debe admitir, Soames, que no tiene nada de
miltoniano.
—No niego que sea algo distinto de lo que yo esperaba.
—Es un hombre vulgar, un plebeyo, de esa clase de individuos
que despojan a las damas de sus joyas en los pasillos de los trenes que van a
la Riviera. ¡Imagínese el eterno tormento
presidido por él!
—No creerá usted que lo espero con ansia, ¿verdad?
—Entonces, ¿por qué no huye silenciosamente?
Una y otra vez llené su vaso, que él vaciaba mecánicamente.
Pero el vino no encendía en su interior la más pequeña chispa de iniciativa. No
comía, y yo apenas probé bocado. En el fondo de mi corazón, yo no creía que la
fuga pudiera salvarlo. La persecución sería instantánea, la captura cierta.
Pero todo era preferible a esta espera pasiva, humilde, miserable. Le dije a
Soames que el honor de la raza humana le exigía alguna manifestación de
resistencia. Preguntó qué había hecho la
raza humana por él.
—Además —dijo—, ¿no comprende que estoy en su poder? Usted
lo vio tocarme, ¿verdad? Todo ha terminado. No tengo voluntad. Estoy
sellado. Hice un gesto de desesperación.
Él siguió repitiendo la palabra sellado. Empecé a comprender que el vino le
había nublado el cerebro. ¡No era extraño! Sin alimentarse había viajado al
futuro, y aún estaba sin comer. Lo insté a que probara por lo menos un poco de
pan. Era enloquecedor pensar que él, que tenía tanto que decir, quizá no dijera
nada.
—¿Qué le pareció todo... más allá? —pregunté—.
¡Vamos! Cuénteme sus aventuras.
—Serían un excelente “argumento”, ¿verdad?
—Lo siento mucho por usted, Soames, y me hago cargo de lo
que le sucede; pero, ¿qué derecho tiene a insinuar que yo lo utilizaría como
“argumento”? El pobre se llevó las manos
a la frente.
—No sé —dijo—. Sé que he tenido algún motivo...
Trataré de recordarlo.
—Perfecto. Trate de recordarlo todo. Coma un poco más de
pan. ¿Qué aspecto tenía la sala de lectura?
—Más o menos el de siempre —murmuró por fin. —¿Mucha gente?
—Como de costumbre.
—¿Cómo eran?
Soames trató de visualizarlos.
—Eran todos muy parecidos —recordó de pronto.
Mi espíritu dio un salto atroz.
—¿Todos vestidos con mallas?
—Sí. Creo que sí.
—¿Una especie de uniforme? —Él asintió—. ¿Con un número,
quizá? ¿Un número en un gran disco metálico cosido a la manga izquierda? ¿DKF
78.910, por ejemplo? —Era así—. ¿Y todos, hombres y mujeres, parecían muy bien
alimentados? ¿Muy utópicos? ¿Con un
fuerte olor a ácido fénico? ¿Y todos completamente calvos?
Mis previsiones resultaron exactas. El único punto acerca
del cual Soames no estaba muy seguro era si los hombres y las mujeres eran
calvos o estaban rapados.
—No tuve tiempo para examinarlos muy detenidamente —explicó.
—No, desde luego. Pero...
—Ellos sí que me miraban. Llamé mucho la atención. —¡Al fin
había llamado la atención! Creo que más bien los atemoricé. Me rehuían cuando
me aproximaba. Los hombres que ocupaban el escritorio circular en el centro de
la sala parecían asaltados del pánico cada vez que me acercaba para hacer
alguna averiguación.
—¿Qué hizo usted cuando llegó?
Desde luego, se había encaminado directamente al catálogo, a
los volúmenes marcados con la letra S, y se había detenido largamente ante el
SNSOF, incapaz de sacarlo del estante, porque su corazón latía tan
apresuradamente... Al principio, dijo, no se sintió defraudado —pensó,
simplemente, que estaba en uso un nuevo sistema de clasificación. Se dirigió a
la mesa central y preguntó dónde estaba el catálogo de los libros del siglo
veinte. Supo que aún no había más que un solo catálogo. Buscó nuevamente su
nombre, contempló las tres tirillas engomadas que había conocido tan bien.
Después fue a sentarse, y largo rato permaneció sentado...
—Y por fin —dijo con voz parecida al zumbido de un abejorro—
consulté el Diccionario Biográfico Nacional y algunas enciclopedias... Regresé
a la mesa central y pregunté cuál era el mejor libro moderno sobre la
literatura de fines del siglo diecinueve. Me dijeron que el libro del señor T.
K. Nupton era considerado el mejor. Lo busqué en el catálogo, y llené el
correspondiente formulario. Me lo trajeron. Mi nombre no estaba en el índice,
pero... ¡Sí! —dijo cambiando abruptamente de tono—. Eso es lo que había
olvidado. ¿Dónde está ese pedacito de papel?
Démelo.
Yo también había olvidado aquel jeroglífico. Lo encontré
caído en el suelo y se lo alcancé. Él lo
alisó, meneando la cabeza y mirándome con una sonrisa desagradable.
—Eché un vistazo al libro de Nupton —prosiguió—.
No es fácil de leer. Usan una especie de escritura fonética.
Todos los libros modernos que vi eran fonéticos.
—Entonces no quiero saber más nada, Soames, por favor.
—En cambio, todos los nombres propios parecían escritos a la
antigua. De lo contrario, quizá no habría advertido el mío.
—¿Su propio nombre? ¿De veras? ¡Oh, Soames, cuánto me
alegro!
—Y el suyo. —¡No!
—Pensé que esta noche usted me esperaría aquí. Por eso me
tomé la molestia de copiar el pasaje.
Léalo.
Le arranqué el papel de las manos. La escritura de Soames
era característicamente borrosa. Debido a esto, a mi emoción y a la ruidosa
ortografía, tardé más en comprender lo que quería decir T. K. Nupton. El documento se halla ante mis ojos en este
momento. Es extraño que las palabras que copio para ustedes el pobre Soames las
haya copiado para mí dentro de setenta y ocho años...
De la página 234 de Literatura inglesa 1890-1900, por T. K.
Nupton, publicación del Estado, 1992.
“Por ejemplo, un escritor de la época, llamado Max Beerbohm, que aún
vivía en el siglo veinte, escribió un cuento en el que retrató a un personaje
imaginario llamado “Enoch Soames”, un poeta de tercera categoría, que se cree
un gran genio y hace un pacto con el Diablo para saber qué pensaría de él la
posteridad. Es una sátira algo artificiosa, pero no carente de valor, en cuanto
demuestra hasta qué punto se tomaban en serio los jóvenes de mil-ochonoventa.
Ahora que la profesión literaria ha sido organizada como un
departamento de servicios públicos, los escritores han encontrado su verdadero
nivel y han aprendido a cumplir su deber sin pensar en el mañana. ‘El obrero
gana su salario’, y eso es todo.
Felizmente, los Enoch Soames no existen hoy entre nosotros.” 4 Advertí
que pronunciando las palabras en alta voz (recurso que recomiendo a mis
lectores) alcanzaba a comprenderlas, poco a poco. Cuanto más inteligibles se
volvían, tanto más crecían mi azoramiento, mi congoja y mi horror. Era una
pesadilla. Por un lado, a lo lejos, el vasto y siniestro panorama de lo que
aguardaba a las infortunadas letras; por el otro, aquí, sentado a la mesa,
mirándome con una mirada que parecía quemarme, el pobre hombre a quien, a quien
evidentemente... pero no: por mucho que se envileciera mi carácter en los años
venideros, yo jamás sería tan bestia como para... Examiné nuevamente el manuscrito. “Imaginario”... pero allí estaba Soames, y no
era más imaginario —¡ay!— que yo. Y “labud”... ¿qué diablos era eso? (Hasta el
día de hoy no he descifrado esa palabra.)
—Todo esto es muy... desconcertante —balbucí por fin.
Soames nada dijo; pero, cruelmente, no dejó de mirarme.
—¿Está usted seguro —contemporicé—, completamente seguro de
que copió bien el párrafo?
—Completamente.
—Bueno, entonces es este maldito Nupton que debe de haber
cometido —que cometerá— un estúpido error... ¡Escúcheme, Soames! Usted me
conoce demasiado para suponer que yo... Al fin y al cabo, el nombre “Max
Beerbohm” no es tan raro, y seguramente habrá varios Enoch Soames por ahí... o,
más bien, “Enoch Soames es un nombre que podría ocurrírsele a cualquiera que
escribiese un cuento. Además, yo no
escribo cuentos: soy un ensayista, un observador, un cronista... Admito que es
una coincidencia extraordinaria. Pero usted debe comprender...
—Lo comprendo todo —dijo Soames quedamente.
Y añadió, en un resabio de sus viejas actitudes, pero con
una dignidad que yo nunca le había conocido-:
Parlons d’ autre chose.
Acepté de prisa esta sugestión. Y volví directamente al
futuro inmediato. Pasé la mayor parte de aquella larga tarde en renovadas
súplicas a Soames para que huyese y se refugiara en cualquier parte. Recuerdo
haberle dicho, por último, que si en verdad yo estaba llamado a escribir sobre
él, aquel presunto “cuento” podría, por lo menos, tener un epílogo feliz.
Soames repitió esas tres palabras finales con expresión de intenso desprecio.
—En la Vida y en el Arte —dijo—, lo único que importa es un
epílogo inevitable.
—Pero —insistí, fingiendo mayores esperanzas de las que en
realidad abrigaba— un final que puede rehuirse, no es inevitable.
—Usted no es un artista —dijo con voz áspera—. Y su
incapacidad artística es tan irremediable que, no pudiendo imaginar algo y
darle realidad, logrará que una cosa verdadera parezca inventada. Es un
miserable chapucero. ¡Maldita suerte la mía!
Protesté que el miserable chapucero no era yo —no iba a ser yo— sino T.
K. Nupton, y sostuvimos una discusión bastante acalorada. En lo mejor de ella,
me pareció de pronto que Soames admitía su error: lo vi físicamente anonadado.
Pero me pregunté por qué —y lo adiviné enseguida, con un escalofrío—, por qué
miraba de esa manera algo que estaba a mi espalda.
El portador de aquel “final inevitable” llenaba el vano de
la puerta.
Logré girar en mi asiento y decir, con cierta
despreocupación:
—¡Ah, adelante?
En verdad, su absurdo aspecto de villano de melodrama
apaciguaba en algo mi temor. El lustre de su sombrero ladeado y su pechera, la
forma en que se retorcía el bigote, y en particular la magnificencia de su
sonrisa, todo parecía atestiguar que sólo estaba allí para ser burlado.
De una zancada llegó a nuestra mesa
—Lamento —dijo con feroz ironía— interrumpir esta pequeña
reunión...
—No la interrumpe, la completa —le aseguré—. El señor Soames
y yo deseamos conversar con usted.
¿Quiere sentarse? El señor Soames no ha obtenido nada, absolutamente
nada, con su viaje de esta tarde. No
pretendemos insinuar que todo este negocio no ha sido más que una estafa... una
vulgar estafa. Por el contrario, creemos que usted ha procedido de buena fe.
Pero, desde luego, en tales circunstancias, el pacto queda rescindido.
El Diablo no contestó verbalmente. Se limitó a mirar a
Soames y señalarle la puerta con el índice rígido. Soames se levantaba
penosamente de la silla cuando yo, en un rápido y desesperado ademán, me
apoderé de dos cuchillos que descansaban sobre la mesa y puse las hojas en
cruz.
El Diablo retrocedió abruptamente contra la mesa que tenía a
su espalda, desviando el rostro y estremeciéndose.
—¡Usted no es supersticioso! —dijo con voz sibilante.
—Yo no —repuse sonriendo.
—¡Soames! —ordenó, como si hablara con un lacayo, pero sin
volver el rostro—. ¡Enderece esos cuchillos!
—El señor Soames —dije enfáticamente, al tiempo que
intentaba refrenar a mi amigo con un gesto imperativo— es un diabolista
catódico. Pero mi pobre amigo cumplió el
mandato del Diablo y no el mío; y cuando los ojos del maestro volvieron a clavarse
en él, se levantó y salió arrastrando los pies. Traté de hablar. Pero fue él
quien habló.
—Haga lo posible —fue la plegaria que me dirigió en el
preciso instante en que el Diablo lo sacaba bruscamente por la puerta—, haga lo
posible por hacerles saber que yo he existido.
Un segundo después salí yo también. Me quedé mirando a todos lados, a
derecha, a izquierda, adelante. Vi la luz de la luna, vi la luz de los faroles,
pero Soames y el otro habían desaparecido.
Aturdido, me quedé allí. Aturdido, volví por fin al reducido
local: y supongo que pagué a Rose y Berthe mi cena y mi almuerzo, y también los
de Soames; espero que así haya sido, porque nunca volví al “Vingtième”. Desde
aquella noche no me he acercado a Greek Street. Y pasaron muchos años antes de
que volviera a poner el pie en Soho Square, porque fue allí, esa misma noche,
donde ambulé horas y horas con esa vaga sensación de esperanza que incita a un
hombre a no alejarse del lugar donde ha perdido algo... “En torno a la plaza de
cerrados postigos anduve y anduve...” Aquella línea me volvía a la memoria, en
mi solitaria ronda, y junto con ella toda la estrofa, repicando en mi cerebro y
haciéndome ver cuán trágicamente distinto de lo imaginado por él había sido el
encuentro del poeta con ese príncipe de quien, más que de todos los príncipes,
debemos desconfiar.
Sin embargo —es extraño cómo ambula y divaga la mente de un
ensayista, por conmovida que esté—, recuerdo haberme detenido ante un amplio
portal preguntándome si acaso era el mismo en que el joven de Quincey yacía
enfermo y débil mientras la pobre Ann corría a todo lo que daban sus piernas en
dirección a Oxford Street, esa “madrastra de corazón de piedra”, y regresaba
con el “vaso de oporto y especias” sin el cual, según él, quizá habría
muerto. ¿Era éste el mismo portal que de
Quincey solía visitar en su ancianidad a manera de homenaje? Medité sobre el
destino de Ann y la causa de su repentina desaparición de la guarida de su
amigo; y luego me reproché amargamente por dejar que el pasado desplazara al
presente. ¡Pobre Soames, desaparecido! Y
también empecé a sentirme preocupado por mí mismo. ¿Qué debía hacer?
¿Se produciría acaso un gran escándalo? ¿”La Misteriosa
Desaparición de un Escritor”, etc.? Había sido visto, por última vez,
almorzando y cenando en mi compañía. ¿No sería mejor que yo tomara un coche y
fuera inmediatamente a Scotland Yard? Me creerían un lunático. Al fin y al
cabo, dije para tranquilizarme, Londres es una ciudad muy grande, y un solo ser
humano, muy oscuro por añadidura, puede fácilmente desaparecer sin que nadie lo
advierta... especialmente ahora, en el deslumbramiento del próximo jubileo. Lo
mejor, pensé, era no decir nada.
Y estaba en lo cierto. La desaparición de Soames no produjo
el menor ruido. Fue olvidado por completo antes que nadie —que yo sepa— observara
que ya no se lo veía. Quizá de tanto en tanto, algún poeta, algún prosista,
haya preguntado a otro: ¿Qué ha sido de ese hombre Soames?, pero yo no oí jamás
esa pregunta. Cabe suponer que el procurador que le entregaba su renta anual
realizara averiguaciones, pero no trascendió ningún eco de las mismas. Había
algo atroz, para mí, en ese desconocimiento general del hecho de que Soames
había existido, y más de una vez me sorprendí preguntándome si Nupton —ese
nonato— tendría razón al suponer que Soames era fruto de mi fantasía.
En ese extracto del repulsivo libro de Nupton hay un detalle
que quizá os ha intrigado. ¿Cómo es que el autor, aunque yo lo he mencionado
aquí por su nombre y he citado las mismas palabras que él ha de escribir, no
advertirá el evidente corolario de que yo no he inventado nada? La respuesta
sólo puede ser la siguiente: Nupton no habrá leído los últimos pasajes de esa
crónica. Semejante falta de escrupulosidad es un pecado grave en quien emprende
un trabajo de investigación. Y espero que estas palabras sean descubiertas por
algún rival contemporáneo de Nupton y lo lleven a la ruina.
Me agrada pensar que en algún momento dado, entre los años
1992 y 1997, alguien habrá leído esta memoria, y habrá impuesto al mundo las
inevitables y sorprendentes conclusiones que extraiga de ellas. Y tengo motivos
para creer que así ocurrirá. Ustedes
comprenden que la sala de lectura adonde Soames fue proyectado por el Diablo
era, en todos sus aspectos, tal como será en la tarde del 3 de junio de 1997.
Comprenderán, por lo tanto, que esa tarde, cuando el tiempo la traiga, estará
allí la misma gente, y estará allí, puntual, el mismo Soames, y tanto él como
ellos harán exactamente lo que antes hicieron.
Recuerden ahora que, según Soames, su arribo produjo sensación.
Alegarán ustedes que la sola peculiaridad de su atuendo bastaba para causar
sensación en aquella multitud uniformada. Pero no dirían tal cosa si alguna vez
lo hubieran visto. Les aseguro que en ninguna época Soames podría dejar de ser
oscuro. El hecho de que ellos lo mirarán con fijeza, y lo seguirán de un lado a
otro, y aparentemente le tendrán miedo, sólo puede explicarse suponiendo que,
de algún modo, estarán preparados para su espectral aparición. Habrán estado
aguardando con ansia para comprobar si realmente aparecía. Y cuando llegue de
verdad, el efecto, por supuesto, será...
terrible.
Un fantasma auténtico, garantizado, demostrado, pero —¡ay!—
nada más que un fantasma. Nada más. En
su primera visita, Soames era un ser ele carne y hueso, mientras que los seres
en cuyo ámbito fue proyectado no eran, según creo, más que fantasmas... fantasmas sólidos, palpables y parlantes,
pero inconscientes y automáticos fantasmas en un edificio que era apenas una
ilusión. La próxima vez ese edificio y esos seres serán verdaderos. Soames será
la apariencia. Ojalá pudiera creerlo destinado a regresar al mundo, verdadera,
física, conscientemente.
Ojalá le estuviera reservada esta breve y única fuga, este
único y pequeño placer. Nunca lo olvido mucho tiempo. Está donde está, y para
siempre. Los moralistas rígidos podrán decir que es el único culpable de su
suerte. Por mi parte, creo que ha sido tratado con excesivo rigor. Está bien
que la vanidad sea castigada; y admito que la vanidad de Enoch Soames era
superior a lo corriente y merecía un tratamiento especial. Pero no había
necesidad de ensañarse. Dirán ustedes que él se comprometió a pagar el precio
que está pagando. Sí; pero yo sostengo que fue inducido por medios
fraudulentos. Bien informado de todas
las cosas, el Diablo debía saber que mi amigo nada ganaría con su visita al
futuro. Todo este asunto no ha sido más que una vilísima treta. Cuanto más
pienso en ello, tanto más detestable me parece el Diablo.
Lo he visto varias veces, en distintos lugares, después de
aquella tarde en el “Vingtième”. Pero sólo en una oportunidad se puede decir
que nos encontramos. Fue en París. Caminaba yo una tarde por la rue d’Antin
cuando advertí que se acercaba desde opuesta dirección... llamativamente
vestido, como de costumbre, balanceando un bastón de ébano y comportándose, en
suma, como si toda la calle le perteneciera. Al pensar en Enoch Soames y en los
millares de seres que sufren eternamente bajo el dominio de esta bestia, me
llenó una fría cólera y me erguí en toda mi estatura. Pero... en fin, uno está
tan acostumbrado a saludar v a sonreír en la calle a cualquier conocido, que
esos gestos se vuelven casi independientes de uno mismo; para evitarlos, es
menester un esfuerzo muy intenso y una gran presencia de ánimo. Y así, al pasar
frente al Diablo, advertí con zozobra que yo lo saludaba y le sonreía. Y mi vergüenza se hizo luego más profunda y
candente porque él —sí, señor— me miró con la mayor altivez y no me devolvió el
saludo. Ser desairado —deliberadamente—
¡y por él! ¡Es para sacar de sus casillas a cualquiera!
_____________
Notas:
1) A UNA JOVEN: ¡Eres, tú que no has sido! / Pálidas
melodías, inseguras, / rastros de antiguos sonidos / exhalados por una flauta
podrida / se mezclan a los címbalos adornados de moho /y tampoco extrañas
formas y epicenas / sangrando yacen en el polvo / heridas con heridas. / Por
eso es / que en tu réplica / de mofas milenarias / ¡no has sido ni eres!
2) NOCTURNO: Alrededor y alrededor de la plaza desierta
/paseamos del brazo con el Diablo. / Ningún sonido, salvo el golpear de sus
cascos / y el eco de su risa y la mía. / Habíamos bebido el negro vino. /
Grité: "¡Corramos una carrera, Maestro!" / "¿Qué importa",
gritó, "cuál de nosotros / corra más esta noche? / Nada hay que temer esta
noche / a la impura luz de la luna". / Entonces lo miré en los ojos, / y
me reí de su mentira / y del temor constante que trataba de disimular. / Era
cierto lo que habían dicho y repetido: / Estaba viejo — viejo.
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